Capitulo I.
Tradiciones del pasado en España.

En la época de la posguerra de España la vida en las zonas rurales era muy diferente de cómo es ahora.

El hambre llevaba a familias en situaciones desesperadas a cometer actos desesperados.

La educación no estaba como ahora al alcance de todos, sino de unos pocos, y una gran mayoría empezábamos a trabajar siendo niños para no morir de hambre.

Hoy vemos por los medios de comunicación como se vive en algunos países del mal llamado tercer mundo, a niños trabajando antes de cumplir diez años, a mujeres sometidas al dominio de sus esposos o padres, y nos parece una realidad muy lejana, cuando lo cierto es que hace apenas 80 años también era nuestra realidad.

A mí me encantan los programas culturales que nos ofrecen en las Redes Sociales, y procuro siempre que es posible no perderme ninguno. Por eso, cuando veo la forma de vida de algunas tribus perdidas atrás en el tiempo no puedo dejar de sonreír, ya que me hacen recordar que aquí mismo en nuestro País he vivido y visto algunas tradiciones, que si bien no son iguales en algunos aspectos sí que eran parecidas.

El hecho que voy a describir lo he vivido en mi propia familia, y lo he visto en televisión en otras culturas lejanas del mundo.

Siempre que se originaba una tormenta y temiendo que se produjera alguna descarga eléctrica, espaciaban en la calle un puñado de sal al mismo tiempo que depositaban las trébedes en el suelo con las patas hacia arriba, (trípode metálico en forma de aro, o triángulo usado para calentar o cocinar) El ritual lo tenía que llevar a cabo siempre que fuera posible una mujer virgen o bien una niña.

CONJURO DE UNA TORMENTA.

Otra de las creencias era en la conjura de una tormenta para desviarla hacia otra dirección y salvar su cosecha de una posible granizada.

Todavía recuerdo a mi abuela rezando unas oraciones para desviarla. Si después del ritual se desplazaba en la dirección deseada había surtido efecto su conjuro y volvía a rezar dando gracias al Creador. De ocurrir lo contrario quedaba con el convencimiento que la conjura no la hizo correctamente.

El significado de su proceder lo ignoraban al no interesarse nunca por el efecto causa de los sucesos naturales, sabían que había que hacerlo porque siempre se hizo.

DOLOR DE CABEZA.

Cuando se daba este caso creían que el enfermo había sufrido una insolación. Para paliar el dolor disponían de un método sencillo y sin coste alguno…. Sentaban al doliente en una silla mirando hacia el sol y presionaban sobre la frente un vaso con agua en forma de ventosa; Cuando empezaba a evaporarse el agua exclamaban satisfechos: “Empieza a expulsar el sol que se introdujo en su cabeza”.

No sé hasta qué punto aquel remedio era eficaz, pero lo cierto era que después del proceso, el afectado afirmaba encontrarse mejor.

ALJORRE.

Cuando nacía algún niño, en los cuarenta días primeros de su vida había que quemar el Ajorre (Dermatitis seborrea del lactante.)

Esta costumbre la aplicaban las madres y consistía en introducirle por el ano un palito de espliego caliente. Según mi criterio y con todo mi respeto a los que no piensen igual, creo que no favorecía al niño, sino todo lo contrario le causaban un sufrimiento innecesario.

MAL DE OJO.

Como algunos de los que hemos vivido aquellos años sabemos, esta creencia aún sigue existiendo en nuestros días, aunque con mucha menos intensidad, pero en aquellos años de oscurantismo eran muchos los que pensaban que era cierto y creían disponer del remedio para el afectado mediante el rezo.

Los más propensos a sufrir el maleficio eran los niños recién nacidos, ya que se creía que algunas personas lo provocaban en contra de su voluntad. Si el niño tenía la mala suerte de enfermar, los padres no dudaban en realizar un recuento exhaustivo de las personas que le habían hecho una visita.

Y casi siempre encontraban algún culpable del mal ocasionado, en este caso lo único que se podía hacer era buscar un curandero para que le rezara al niño, que por cierto había algunos que creían tener esta facultad. No era necesario llevar al niño al sanador, con una prenda de ropa, o bien con algún cabello del afectado que le llevaran los padres era suficiente.

Lo que era de extrañar para el profano, que aquel Don... solo lo poseían algunas mujeres.

No solo eran víctimas las personas, también eran los animales, para evitar males mayores, cuando paría alguna yegua le hacían una cruz en la grupa al potrillo colocándole un lazo en la cola. Lo único que pretendían con aquel proceder era evitar que los que tenían poder de provocar el maleficio no miraran la belleza del animal, sino, la cruz y el lazo, ya que la creencia era que el mal de ojo lo provocaban involuntariamente con la mirada al alabar la hermosura del sujeto.

Sin duda que la falta de cultura tenía mucho que ver en las costumbres y en el hacer de aquella época de posguerra.

Las labores estaban diferenciadas en trabajo de hombres y trabajo de mujeres, y estaba mal visto que el hombre realizara las tareas del hogar reservado a las mujeres por el machismo acérrimo que existía en aquella época.

Desde que nacía una niña su suerte estaba asignada, sería sumisa de por vida, primero de los padres y después del esposo, el cabeza de familia como solían decir.

En aquellos años absolutistas la norma era la sumisión a la que se veían sometidas una gran mayoría de mujeres por parte de su pareja.

El dominio del esposo sobre la esposa e hijos en aquellos años de nuestra historia era absoluto, la mujer era sumisa y como persona tenía suprimida la libertad de decisión, además, se daban algunos casos de agresiones a esposas e hijos, aunque dejo constancia que no pretendo generalizar.

En las zonas rurales de nuestro país, algunos de aquellos padres preferían que sus hijos fueran varones para que realizaran el trabajo duro que requiere el campo, por lo que cuando nacía una niña su malestar era evidente.

Generalizando, los hijos tenían que trabajar muy duro desde la más tierna infancia para ayudar a la supervivencia de la familia.

A los niños que nacían en aquella época había que ponerles el nombre de los abuelos. Como el machismo imponía las normas se cumplía primero con los abuelos paternos, después con los maternos y si continuaban los nacimientos con los padrinos. Esta norma casi siempre se llevaba a cabo, pues de lo contrario estaba mal visto por la sociedad, eran normas de familias heredadas de sus ancestros y se tenían que cumplir.

El trato que daban los nietos a sus abuelos era de padre y madre.

También era normal que en un caso dado los abuelos agredieran a sus nietos con pasividad de sus padres.

Yo mismo procuraba ver a mi abuelo lo menos posible, pues por el mínimo motivo, este no dudaba en sacar de su cintura aquella arma tan arraigada en aquel entorno y tan temida por los niños en aquellos años, la famosa correa.

Mi abuelo gozaba de una posición económica bastante holgada, ya que gracias a Dios no le faltaba para comer, pues su finca era grande y producía suficiente para vivir sin preocupaciones, pero para eximirse de responsabilidades dividió la finca en cinco partes y las cedió en herencia a sus hijos, con la condición de que una parte del rendimiento le pertenecía, no pudiendo los hijos vender su parte bajo ningún concepto, en caso de necesidad para su supervivencia podría cancelar la partición y venderla para su sustento.

Aquellas zonas rurales quedaban muy lejos de los pueblos, y sin medios de comunicación, las familias tenían que abastecerse con lo que lograban cosechar en sus fincas, tampoco les hacía mucha falta desplazarse, ya que lo que necesitaban lo fabricaban artesanalmente, para la ropa empleaban la lana de sus ovejas y para el calzado el esparto abundante en la comarca.

Casi todas aquellas manualidades como casi siempre y para no perder la costumbre corrían a cargo de las sacrificadas mujeres.

Cuando se desplazaban a los mercados de aquellos pueblos para comprar lo que no producían en sus fincas, empleaban las caballerías en caminos tan quebrados y estrechos que apenas podía pasar el pobre animal. Con la particularidad, que dependiendo a los pueblos que se desplazaran les podían suponer tres o cuatro horas de tiempo hasta el regreso, aquella situación para la gente no pudiente se agravaba más si no disponían de una burra, ya que tendrían que hacer el recorrido con lo que la madre naturaleza nos ha dotado, “las piernas” y pedir de favor a los vecinos que le llevara en su mula o burra los avituallamientos que habían comprado.

Dejo constancia en mis memorias de las dificultades que tenían los jóvenes de aquella época para festejar, ya que aquellas casas o cortijos solían construirlos en el centro de las fincas y quedaban distanciados de los demás vecinos. No obstante, para relacionarse solían organizar algún baile en algún cortijo. Los bailes eran casi siempre de folclore, (separados) pues estaba mal visto que chicas y chicos tuvieran roces. Las mozas iban acompañadas al baile por su madre, y los novios no tenían nunca la oportunidad de quedar solos, pues ya se encargaba la madre de la novia que no llegara a suceder; porque en aquella época la mujer tenía que ser muy precavida con los hombres y evitar tocamientos y roces para llegar virgen al matrimonio. De lo contrario podían ser discriminadas por los varones y quedar solteras, a no ser que se trasladaran a otras provincias que no eran conocidas; con la particularidad de que en un supuesto embarazo se consideraba como un deshonor a la familia, sin embargo, en los varones no estaba tan mal visto una relación íntima con una mujer.

 

 


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