Capitulo XXV.
En busca de un futuro mejor. Año 1950.


Al no encontrar trabajo en los Municipios de Taberno y los Vélez por mi rebeldía con los dueños de rebaños de ovejas, tome la determinación de trasladarme a la localidad de Lorca, pues según comentaba la gente era más fácil de encontrar y estaba mejor renumerado.
En principio mi madre se opuso porque decía que Lorca quedaba lejos de nuestra tierra, pero no dejé de insistir hasta conseguir que cambiara de opinión.
Llegó el día de mi partida y me despedí de mi madre, esta vez no realice el viaje andando al disponer de dinero para el pasaje.
Subí en el autobús en Vélez-Rubio hacia Lorca con la esperanza de que la suerte me acompañara, 50 km entre ambas localidades.
A siete kilómetros de la ciudad de Lorca en la Diputación de Tercia encontré mi nuevo patrón, Juan Perán Ruiz, y lo más positivo para mí, que no tuve que pastar un rebaño de ovejas.
Mi nuevo patrón era un hombre mayor que vivía con su esposa, tenía un hijo casado y visitaba a sus padres en raras ocasiones.
La pobre de su esposa era ciega y estaba incapacitada para las labores del hogar. Sin embargo, el problema quedaba solventado en parte con ayuda de una sobrina que venía tres o cuatro días a la semana, pero no lo hacía gratuito, su tío le pagaba las horas que trabajaba en aquella casa.
En cuanto a mi trabajo consistía en realizar las labores del campo, como labrar la tierra y recolectar hortalizas para llevarlas a Lorca y venderlas al mejor postor.
El trato que recibí de aquel hombre fue familiar, y por segunda vez en mi vida me encontré satisfecho en el trabajo.
El inconveniente era el acoso que llevaba a cabo su sobrina a un niño que apenas había cumplido los catorce años, mientras que ella se encontraba en una edad aproximada de unos veinte años.
El acoso no cesaba y cada día iba a más, hasta crear una situación incómoda para mí, si tenemos en cuenta la diferencia de edad, con la particularidad de que era un niño muy tímido, sus palabras siempre eran las mismas.
-José Antonio, ya te llego la hora de que te acuestes con una mujer, que, aunque tú no te des cuenta eres un hombrecito, y el que no es hombre con catorce años tampoco lo será con veinte.
Llegue a odiar tanto a su sobrina, que con solo su presencia me sentía mal, motivación por la que llegue a tomar la determinación de pedir al dueño que la despidiera, omitiendo mi motivo por una incompatibilidad de caracteres entre ambos, el patrón puso todos los medios a su alcance para que hiciéramos las paces por el aprecio que me tenía, pero yo no quise dar mi brazo a torcer, ante mi negativa a reconciliarme y teniendo en cuenta que se trataba de su sobrina el despedido fui yo.
Sincerándome conmigo mismo creo que aquel hombre hizo lo correcto, una vez que encontré un trabajo de mi agrado, un buen trato familiar y arto de comer, por culpa de no reconciliarme con su sobrina perdí lo mejor que había tenido hasta la fecha.
Desde la distancia pienso que obre correctamente no delatando a su sobrina, que al fin o al cabo se trataba de su familia, mientras que yo era un extraño sin derecho a decidir lo que tenía que hacer aquel hombre.
Me despedí de aquella familia casi llorando y subí al autobús que me condujo a Vélez-Rubio para ver a dos de mis hermanas, Isabel y Dolores, que seguían trabajando en el Restaurante Merendero de Vélez-Rubio.
En esta ocasión sí que tuve que hacer el viaje andando hasta mi casa, dos horas y media de camino de Vélez-Rubio, al Bancalejo.
De nuevo, aproveche la ocasión para disfrutar unos cuantos días de descanso con mi madre que era mi mayor deseo.
Mi hermana Isabel, harta de que la explotaran en el pueblo con el mísero salario que cobraba, cien pesetas cada mes, decidió probar suerte en Barcelona convencida de obtener una mejora en calidad de vida.
Y Efectivamente lo consiguió, de las cien pesetas que cobraba en el Merendero pasó a cuatrocientas en Barcelona. No tardaron en seguirle mis hermanas, Ma Dolores y Rosa, ya que en el pueblo su futuro era más que incierto. Por lo tanto, se establecieron en Barcelona definitivamente, se casaron y tuvieron descendencia.
Mi hermano Domingo siguió trabajando con mi tío José Antonio por unos cuantos años más.
Durante un corto periodo de tiempo y muy a pesar mío volví de nuevo a pastorear rebaños de ovejas en la comarca con distintos amos. Al final aquellos aprovechados lograron que cambiara mi carácter volviéndome más rebelde e inconformista, merodeaba de aquí para allá y no veía futuro por ninguna parte, ante mi oposición al vasallaje se abstenían de darme trabajo y no encontraba empleo por ninguna parte, aunque a decir verdad tampoco tenía gran interés en encontrarlo.
Sin embargo, mi madre no opinaba lo mismo e insistía que no podía estar sin trabajar, y creo que tenía razón, la economía no alcanzaba para más.
 
 
 
 

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