Capitulo II.
El accidente de mi padre.

Aunque conservo recuerdos de la casa en que nací, no logro recordar a mi padre labrando la tierra para sobrevivir, ni el accidente cuando se cortó en en pie con la hoz. Sin embargo, con tres años era consciente del sufrimiento por la ausencia de mi madre al tener que acompañarlo en estado grave en un hospital en Almería.
Quedamos los cuatro solos en casa en el más completo desamparo y nuestra situación iba de mal a peor, mi hermana Isabel tuvo que responsabilizarse de los más pequeños con tan solo diez años.
La caridad de los vecinos, más las cuatro cabras y gallinas que teníamos, era lo disponible para subsistir. La leche y los huevos nos ayudaban en parte a no perecer de hambre.
Ante el abandono que padecíamos los vecinos aconsejaron a mi abuelo que se responsabilizara de sus nietos en desamparo.
Gracias a la presión ejercida por los vecinos determinó su ayuda con la colaboración de mi abuela materna. Llegados al acuerdo entre ambos, mis hermanas M. Dolores y Rosa fueron a vivir con mi abuela materna, mientras que yo e Isabel fuimos con el paterno.
Obviamente Mª Dolores y Rosa salieron ganando, mi abuela materna era como una madre para los nietos y los quería con locura.
Peor suerte fue la de Isabel y la mía, mi abuelo paterno era todo lo contrario de la abuela materna, su tacañería no tenía límite y mi abuela carecía de libertad de decisión.
No obstante, actuaba con astucia a escondidas del abuelo para que yo no pasara hambre, pues aprovechaba su ausencia para alimentarme con unas tortitas de aceite que ella misma preparaba en la sartén. De este modo conseguía darme de comer sin que se enterara el abuelo al no poder controlar.
Mi abuelo era tan miserable que racionaba el pan, y no permitía que se consumiera más de lo que estipulaba para cada miembro de la familia, como estaba harto de tortas a la hora de la comida no tenía gana, ante mi negativa reprimía a mi abuela por haberme dado pan antes de la hora de comer. Inteligentemente salía del apuro haciéndole ver, que el pan estaba como lo dejó el, “sin tocar”. Una vez que lo revisaba se daba por satisfecho al creer que le originaba poco gasto.
Mi hermana Isabel llevó la peor parte al tener que trabajar en su más tierna infancia para sobrevivir.
Mi madre llegó a empeñarse al tratar por todos los medios de salvar a mi padre. En nuestra posguerra el que tenía la desgracia de enfermar tenía que pagar todos los gastos de médicos y medicinas.
Endeudada y carente de recursos para pagar las facturas originadas por el accidente de mi padre, tuvo que malvender parte de la herencia que recibió de sus padres al negarse mi abuelo a vender la parte que heredó mi padre, ya que según lo escriturado le seguía perteneciendo.
Aparte de nuestro drama lo que más me duele y me dolerá mientras viva, que estando tan grave mi padre, mi abuelo advirtiera a mi madre que tuviera cuidado con los gastos de médicos y farmacias que estaba originando, que ella sabría cómo los iba a pagar. Y aún me duele más, no dignarse en hacerle una visita a su hijo.
Sobra decir que no eran buenos tiempos y quedaron grabados a fuego en nuestras mentes para siempre.
Pero mi madre nunca se rindió, nos sacaría adelante, aunque tuviera que enfrentarse a tiros de escopeta. Sola y sin ayuda de nadie tendría que alimentar a cuatro niños pequeños en una época en la que no existía la compasión ni la caridad para nadie, ni siquiera para el llanto y la desesperación de una madre que pide un trozo de pan para sus hijos hambrientos.
Ella siempre fue una mujer fuerte, e incluso en aquellos años de escasa valoración y discriminación de la mujer, supo imponerse y demostrar en todo momento su fortaleza ante el hombre. Exigiendo en aquellas fincas rurales que realizaba las labores del campo su equiparación al salario masculino.
La mala suerte le acompañó hasta para cuidar a mi padre en el hospital, ya que en un estado avanzado de gestación tuvo que dejarlo solo y regresar a casa para alumbrar a mi hermano Domingo.
 
 
 
 
 
 

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