Capitulo XIV.
La disciplina en los colegios en 1947

Apenas habían pasado unos meses desde que el Tribunal Tutelar de menores dio por finalizado mí internado en el Reformatorio de San Francisco Javier, cuando el celador Valentín se presentó en casa para intentar convencer a mi madre que no dejara el colegio, porque tenía un coeficiente intelectual elevado para estudiar. Sus consejos surtieron efecto y mi madre me llevo a un colegio.
Para desgracia de mi educación mi estancia en la escuela fue breve, en aquella época de nuestra posguerra la disciplina era demasiado estricta, y aplicaban unos castigos difíciles de asimilar en la actualidad. Uno de los que más temía era el de rodillas y brazos en cruz, una posición que producía mucho dolor en los brazos y daba lugar a que no pudiera aguantar más de cinco minutos sin que los brazos volvieran a su posición habitual, otro que no puedo dejar de comentar, la famosa palmeta, una regleta de madera que el maestro tenía al alcance de la mano para aplicar el castigo de inmediato al niño que creía que lo merecía, y consistía en juntar las cinco yemas de los dedos de la mano para golpearlas con la palmeta varias veces, aquella agresión que aplicaban producía en los dedos un dolor insoportable, tanto como para no poder utilizarlos para escribir durante un rato.
Entre aquellos severos castigos que aplicaban en la escuela y el trauma que viví en el reformatorio influyó en gran medida en mi desinterés para estudiar, hasta llegar al extremo de no asistir al colegio, dedicando mis horas lectivas en dar vueltas por las calles de Valencia con la cartera en la mano y sin un rumbo determinado. Calculaba la hora que terminaba la clase y regresaba a casa, si mi madre me preguntaba que cómo me habían ido los estudios, salía del apuro mintiendo que muy bien.
Uno de aquellos días que, hacia novillos, de casualidad me encontré con mi hermana Mª Dolores y me di un susto de muerte, era la hora que se suponía que debía de estar en el colegio y no podía justificar lo que hacía en la calle en las horas lectivas. Después de echarme una reprimenda me cogió de la mano para llevarme al colegio, durante el trayecto fui llorando por mi temor al maestro al decirme que le contaría mi fechoría.
Cuando lleguemos mi hermana pulsó el timbre para que abrieran la puerta y de inmediato hizo acto de presencia el profesor, me invitó para que entrara a la clase con mis compañeros, mientras que él se quedaba hablando con mi hermana.
Al entrar de nuevo el profesor a la clase se dirigió a la fila de mesas donde estaba sentado, y señalando con el dedo balbuceo en voz alta:
Tú… Sal de la mesa y ponte de rodillas con los brazos en cruz.
Dándome por aludido me levanté del asiento para cumplir uno de los castigos que más sufrí en el reformatorio, estaba casi convencido que mi hermana había cumplido la promesa, pero mi alivio fue grande cuando le oí decir.
Tú no… Aquél.
Me equivoqué al pensar que mi hermana contaría la verdad de mi ausencia al profesor, ya que prefirió mentir para evitar que le aplicaran un castigo a su hermano.
Una noche que huía perseguida por los guardias se formó una tormenta y perdió el sentido de orientación para regresar a casa, con la mala suerte que se cayó y se rompió la clavícula. Con mil penurias logro llegar a la chabola, pero como no disponía de recursos para ir al médico el hueso soldó en falso y dio lugar a resentirse de aquella lesión toda su vida.
Mi vida en Valencia era un riesgo continuo, a falta de dinero para el pasaje viajaba sentado en el parachoques del tranvía Nº 7 que tenía el trayecto de Ruzafa a Mislata.
 

Mi madre y la superiora continuaron ejerciendo el único trabajo que podían hacer en aquel tiempo de miseria, substraer alimentos en los huertos de noche para evitar la vigilancia de los guardias rurales. No quiero pensar lo que sufriría mi madre y otras mujeres cuando transportaban en sus espaldas aquellos sacos tan pesados a varios kilómetros hasta llegar a sus casas. Con frío, o calor, y a veces lloviendo, con el agravante de que si tenían mala suerte de que las descubrieran, las encerraban en los calabozos y las torturaban los guardias. Imagine el lector a tres niños pequeños durmiendo en una chabola sin luz y horrorizados de miedo. Si al día siguiente cuando despertábamos no habían regresado intentábamos buscarlas en los calabozos de aquellos pueblos hasta dar con ellas, casi siempre bien marcadas por las porras de los guardias. Su único delito no permitir que sus hijos murieran de hambre.





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