Capitulo XI. Año 1947.
Mi primera comunión.


Empezaron las primeras clases y me gustaría comentar sin ánimo de presumir que a los tres meses de clase sabía leer y escribir.
Para hacer la primera comunión nos exigían que aprendiéramos el catecismo de memoria con examen incluido antes de confesar, nos examinaron y no todos tuvieron la suerte de aprobar. Yo me esforcé y con suerte me dieron el aprobado e incluso me felicitaron. Los que aprobemos haríamos la comunión aquel mismo año y los suspensos al siguiente.
Llego el día tan esperado por los niños y la superioridad acordó que se celebrara en la iglesia que marco mi vida.
Aquella noticia alegro mi vida a sabiendas que se me presentaba la oportunidad de ver de nuevo a mis hermanas.
Nos compraron un pantalón azul y una camisa blanca y nos hizo mucha ilusión al ser una novedad para nosotros. Vestidos con ropa nueva nos dirigimos formados al estilo militar a la Iglesia cantando canciones religiosas.
A mitad de trayecto nos encontremos de casualidad con mi hermana Mª Dolores que se dirigía con una cesta de ropa a la lavandería, al verme en la fila le pidió permiso al celador para darme un beso.
El celador que era uno de los nuevos que describí en el capítulo anterior, interrumpió el cántico y mandó hacer un alto para permitir que se besaran dos hermanos. Según aquel hombre era nuestro día de gloria al recibir al señor por primera vez y no se podía negar un beso entre hermanos.
Aparte de aquel encuentro con una de mis hermanas, no tuve la misma suerte con las otras dos, por lo que la alegría y gozo de mi primera comunión se convirtió en decepción y tristeza, pues la misa estuvo dedicada íntegramente para comulgar los niños del Albergue.
Finalizada la misa nos dirigimos a nuestro departamento donde nos esperaba un desayuno extra nunca visto en el centro, el desayuno se componía de churros, bollos y una taza de chocolate fundido.
Entre el estupendo desayuno y el corto paseo hasta la iglesia me sentí un poco más libre de los muros que impedían mi libertad.
Lo negativo para los que no habían hecho la comunión fue qué, mientras nosotros desayunábamos a lo grande, ellos tuvieron que conformarse con el chocolate de algarroba, tendrían que esperar otro año más para disfrutar de aquel desayuno extra, suponiendo que aprobaran el catecismo.
Al día siguiente tuvimos que entregar la ropa para que la utilizaran los que hicieran la comunión al año siguiente.
Desde la distancia me queda el resentimiento de que no invitaron a mí madre para que me acompañara; y a mis hermanas que también se encontraban en el Reformatorio, aunque en distinto departamento por ser de diferente sexo.


Interior de la Iglesia del Orfanato y Reformatorio.

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