Capitulo XIII.
Cambio de Residencia. Año 1947.


Llevábamos viviendo seis meses en casa de Elena cuando por falta de espacio dio tres días de plazo a su hermana y a mi madre para que buscaran vivienda.
Preocupadas ante la intransigencia de aquella mujer salieron las dos mujeres en busca de un techo para protegernos de las inclemencias del tiempo, pues quedaba claro que nos quedábamos en la calle.
Desesperadas llegaron a un pequeño huerto situado en la parte derecha del rio Turia. En el centro del huerto había una higuera y una pequeña choza para guardar las herramientas el supuesto dueño. Aquella caseta no creo que midiera más de 12m², pero pensaron que mejor era algo que nada, así que aquella misma noche le dieron una patada a la puerta para ocuparla. Después de adecentarla un poco y sacar las herramientas a la calle llevamos los escasos utensilios disponibles para instalarnos.
Nunca dejé de acordarme de la cara de estupor que puso el dueño cuando vio, que unos ocupas habían tomado posesión de su caseta para vivir, con la puerta medio destrozada y las herramientas que utilizaba para trabajar en la calle.
Si mañana a primera hora cuando venga os encuentro aquí os juro por Satanás que os matare a todos. Pero aquel hombre no sabía a quién se enfrentaba, ignoraba que mi madre era una mujer muy fuerte y con mal carácter a la hora de defender la supervivencia de los suyos. En cuanto a la superiora, creo que su sobrenombre la abalaba y lo tenía porque se lo había ganado a pulso.
Y sin mediar más palabras a sus amenazas salieron tras el con palos dispuestas a enfrentarse con todas sus consecuencias, ante la firmeza de las dos mujeres terminó cediendo, pero se fue vociferando que las iba a denunciar.
La denuncia nunca se llevó a cabo, ya que todo lo que se construía en el rio era ilegal. Nadie era propietario legalmente de las chabolas.
Aquel hombre continuó molestando por algún tiempo, pero al final abandono su pretensión por aburrimiento.
En el reparto de espacio salió ganando la superiora, pues colocó una pequeña cama para ella y su hija, y como no había espacio para otra, a nosotros nos tocó dormir en un colchón en el suelo.
Aquella chabola fue nuestro hogar durante el tiempo que vivimos en Valencia.
Cuando llovía copiosamente el agua entraba por todas partes y nos veíamos forzados a tener que refugiarnos en una de las cuevas que los trabajadores de la construcción hacían para extraer grava.
Cuando escampaba regresábamos de nuevo.
Actualmente soy consciente al riesgo que nos enfrentábamos al refugiarnos en aquellas cuevas, ya que en caso de una crecida del río habrían quedado inundadas y no lo habríamos contado.
Finalmente, la chabola se convirtió en un obstáculo para que los trabajadores siguieran extrayendo la grava en el río. Nos lo hicieron saber y con nuestro permiso la cambiaron de sitio.
Recuerdo que entre bromas y risas la levantaron ocho hombres en peso y la cambiaron a doscientos metros del lugar que antes ocupaba.
 

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