Capitulo XXVI.
Un viaje de poca cordura.

En la temporada que me encontraba con mi madre en paro forzoso al no encontrar trabajo en aquella comarca de Los Vélez, me aburría tanto que empecé a darle vueltas a la cabeza y me vino la idea más absurda que se puede imaginar.
En aquel entonces tenía catorce años y durante el tiempo que estuve trabajando en Lorca, había observado que mi antiguo amo poseía un viejo revólver, y me pregunté a mí mismo, José Antonio, ahora que dispones de tiempo, porque no haces un viaje a Lorca y le robas el viejo revólver a tu ex patrón. Él nunca se enterará que has sido tú y podrás tener un revolver como los que tienen los pistoleros en las películas del oeste.
La idea que circulaba por mi cabeza no podía ser más absurda, pero en aquel momento de incertidumbre en mi vida fue lo único que se me ocurrió, no lo pensé más y mentí a mi madre que iba de nuevo a Lorca en busca de trabajo.
Desde la distancia de los años vividos pienso en la poca cordura que había en mi mente para llevar a cabo semejante barbaridad, al no importarme andar cincuenta kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, y todo para robar a mi antiguo amo un revólver viejo que no servía para nada. Además, era el pago que le daba a un hombre que por primera vez en mi vida me trató como persona.
Emprendí el camino antes de amanecer y llegué entrada la noche, no sin evitar que afloraran varias ampollas en mis pies, pues el calzado que llevaba no era el más adecuado para andar tantos kilómetros.
Cansado y dolorido quede dormido en un pequeño pajar que había un poco separado de la casa. Antes de que saliera el sol ya estaba despierto, y dediqué mi tiempo en vigilar la casa hasta que viera a mi ex patrón marchar al trabajo rutinario que requiere el campo.
Llegó mi ocasión y entre en casa procurando hacer el menor ruido posible.
Sin pérdida de tiempo dirigí mis pasos donde suponía que tendría que estar, me apodere del arma y abandone la casa lo más rápido que me permitían mis piernas.
Recuerdo que a pesar de que la pobre mujer era ciega, tenía un oído muy fino y no dejaba de preguntar:
¿Quién anda ahí? ¿Quién anda ahí?
Si llegar a Lorca andando fue penoso, el regreso no fue mejor.
Me encontraba a la altura del Castillo de Xiquena,10 kilómetros de Velez-Rubio, cuando cayó sobre mí la noche oscura sin luna, con los pies doloridos de tanto andar al haberse reventado algunas de las ampollas de mis pies, y tiritando de frio me acosté sobre el suelo duro hasta el día siguiente.
Entre el intenso frio que hacía y el miedo a la oscuridad no pude conciliar el sueño.
Al día siguiente intenté seguir de nuevo mi camino, pero el dolor en mis pies era insoportable, me arrepentí y deseé no haber comenzado nunca aquel viaje. Pero el mal estaba hecho y había que llegar a casa como fuera.
Finalmente lo conseguí y llegué en un estado lamentable.
Casi llorando por el dolor de mis pies le mentí a mi madre que no había encontrado trabajo y había tenido que regresar.
Seguí un corto período de tiempo en casa sin buscar trabajo, ya que pastar ovejas no me agradaba y me encontraba desmotivado, no dejaba de pensar cómo librarme de aquella explotación inhumana a un niño, con un salario miserable que no me llegaba para comprar una camisa, y en algunos casos pasando hambre.
Había sufrido demasiados abusos en mi niñez y me opuse a sufrirlos por más tiempo. Me di cuenta que no encajaba en aquella sociedad, y me propuse usar todos los medios a mi alcance para salir de aquel entorno sin formación y sin futuro.
 

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