Capitulo XXIV.
Acusados del robo de un reloj.

Continuando con el capítulo anterior, recuerdo que era sábado y día de mercado en Vélez-Rubio, cuando mi tío decidió ir de compras, mismo día que teníamos que regresar para empezar a trabajar por haberse cumplido los siete días de permiso. Así, que decidimos irnos los tres juntos por ser el mismo itinerario hasta Vélez-Rubio, mi tío empleo la burra y nosotros las bicicletas.
Llegamos al pueblo y nos dirigimos directamente a la casa de Hilaria, tía de mi primo y hermana de mi tío Bernardo.
Mientras almorzábamos mi tío y hermana salieron de compras y nos dejaron solos en casa.
Cuando terminemos de almorzar cerremos la puerta y fuimos a dar un paseo. A nuestro regreso nuestro asombro fue grande: la tía de mi primo estaba llorando y mi tío muy enfadado.
Preguntamos el porqué de los lloros y respondió gritando. Bien sabéis vosotros los motivos ladrones, o devolvéis el reloj ahora mismo, o denuncio a la Guardia Civil el robo.
Según su versión, cuando quedemos solos en casa aprovechemos su salida para sustraerlo, para ella tenía un valor sentimental al ser un regalo de su esposo fallecido y tenía que aparecer.
No me cabe la menor duda que para ella éramos los ladrones. Nos miramos a los ojos con recelo creyendo ver al ladrón en el otro, como yo sabía que no había sido, mi sospecha recayó en mi primo y pensé que había hecho alguna de las suyas.
Aquella mujer estaba llorando y muy furiosa con nosotros, pero mi tío no se quedaba atrás e intervino con amenazas diciendo.
Dar una vuelta por el pueblo para que recapacitéis, os doy una hora para que lo penséis bien y devolváis el reloj, de lo contrario, además de denunciaros a la Guardia Civil, juro que probareis mi correa en vuestras costillas.
Obedecimos las ordenes, y no habíamos hecho nada más que poner los pies en la calle, cuando reprimiendo a mi primo le dije que devolviera el reloj, pues estaba casi seguro que era el ladrón. El por su parte insistió casi llorando que no lo había sustraído y lo juro por su madre fallecida.
Ante el temor al maltrato de su padre su decisión fue huir en aquel mismo momento, me preguntó si quería acompañarle y mi respuesta fue afirmativa, para bien o para mal me propuse correr su misma suerte.
Los castigos de algunos padres a los hijos en aquella época eran muy duros y los aplicaban en el acto como el padre de mi primo.
El problema residía en las bicicletas que había que devolverlas al día siguiente, por lo tanto, tendríamos que dejarlas forzosamente en casa de su tía por nuestra precipitada huida.
Con  solo la ropa que llevábamos puesta, sin bicicletas, sin dinero y sin alimentos, emprendimos la huida andando por carretera hasta Puerto Lumbreras, localidad en la que teníamos nuestro puesto de trabajo.
Recuerdo que durante el trayecto de los 35 km que separan a ambos pueblos, cada vez que oíamos el zumbido acústico del motor de un coche, que por cierto en aquella época eran pocos, nos escondíamos debajo del alcantarillado por temor a que se hubiera llevado a cabo la denuncia y viniera a detenernos la Guardia civil.
Apenas daban los primeros rayos de sol cuando llegamos a la casa que prestábamos nuestros servicios. Tocamos varias veces en la puerta y nos abrió la señora del Amo que se encontraba en la cama para guardar reposo por estado de gestación. Desde la habitación nos ordenó que almorzáramos y que empezáramos a trabajar.
El pánico a la guardia civil seguía vivo en nuestro subconsciente y nos atenazaba, la ocasión que se presentaba para llevar a cabo la huida no podía ser más propicia para nosotros.
Sustrajimos poco más de medio pan de los que hacían en aquellas casas de campo, varias piezas de embutidos, y salimos a toda prisa con la idea de alejarnos lo máximo posible de Puerto Lumbreras.
Aquella mujer se quedó con el rebaño en los corrales y sin los alimentos que le sustrajimos.
Visto desde mis años vividos me queda el convencimiento que fue un acto de supervivencia de dos niños que huían de la justicia siendo inocentes. En una época en la que los niños tenían que trabajar para sobrevivir desde su más tierna infancia sin derecho a una formación como persona, al menos en las zonas rurales que viví en la posguerra española.
Iniciemos nuestro viaje andando hasta la localidad de Almendricos, con la idea de subir al primer tren que pasara sin importarnos su dirección.
Cansados y muy preocupados por la supuesta denuncia llegamos a la estación de ferrocarril, después de descansar y almorzar de lo que habíamos sustraído, y al no disponer de dinero para pagar el pasaje subimos al tren de polizones hasta la localidad almeriense de Albox, pero primero tuvimos la precaución de escribir una carta al dueño de las bicicletas para comunicarle donde se hallaban.
Después de apearnos en Albox seguimos un camino cualquiera, ya que nuestra realidad era, que ni nosotros mismos sabíamos a donde ir… Rendidos y con los pies doloridos de tanto andar llegamos casi entrada la noche a Cantoría, hicimos un alto para descansar y pasar la noche en dicha localidad. En cuanto a dormir qué podría decir, sin un céntimo en el bolsillo nuestra cama fue el suelo y nuestro techo el cielo.
Lo positivo de nuestra desventura, que al ser la estación de verano nos libremos de pasar frío, tampoco quedamos sin cenar gracias a los suministros que sustrajimos a nuestro antiguo Amo.
Nos daban los primeros rayos de sol en la espalda cuando despertamos por el calor, almorcemos un poco y emprendimos de nuevo un camino cualquiera que nos condujo a Oria, pequeño pueblo de la provincia de Almería, otro descanso para comer lo último que quedaba.
Después de reanudar la marcha empecé a tener fiebre, iba tan cansado y dolorido que no era capaz de continuar, las ampollas afloraban en mis pies y algunas se habían reventado. Triste y desmoralizado me senté llorando a la sombra de un frondoso árbol, mientras que mi primo trataba de animarme para que continuara, pero mi fuerza flaqueaba cada vez más y me arrepentí de haberle seguido.
Posiblemente que la diferencia de edad influyera entre ambos, pues mientras mi primo tenía dieciséis años yo tenía poco más de doce.
Cuando el desánimo me estaba venciendo ocurrió lo que para mí fue como milagro. Un hombre bajaba montando un caballo con un mulo atado a la grupa de este. Al pasar a nuestra altura se detuvo en seco y preguntó si buscábamos trabajo, ya que iba al pueblo que habíamos dejado atrás en busca de segadores.
Mi primo dijo que si quería contratarnos a nosotros no hacía falta que siguiera. El hombre se lamentó de cómo se encontraban mis pies y preguntó porque habíamos llegado a tan lamentable estado.
Nuestra respuesta fue que era la causa de llevar dos días caminando.
Las condiciones pactadas fueron tres comidas al día y quince pesetas diarias, exceptuándome a mí que me pagaría diez pesetas por razones de rendimiento al ser más pequeño.
Aceptamos sin dudarlo y nos dirigimos a su finca montados en el mulo que iba de vacío.
Aquella finca era grande y los campos de trigo parecían no tener fin, siendo la jornada laboral de sol a sol.
En aquel tiempo no existían las máquinas de segar y había que hacer el trabajo manual a pesar del calor abrumador, no obstante, se portó correctamente conmigo y no permitió que segara hasta que mis pies mejoraron.
De la comida no podíamos quejarnos, era buena y abundante, pero aquel trabajo para un niño era demasiado duro.
A los quince días de siega me sentí completamente exhausto y me veía incapaz de seguir adelante. Le dije a mi primo que quería volver a mi casa, pues yo no tenía nada que temer por parte de mi madre, ya que sabía que era incapaz de pegarme.
Pero lo de mi primo era diferente, él le tenía terror a su padre, por haberle azotado en muchas ocasiones, y es por lo que decidió no dejar el trabajo duro de la siega, aparte de temer a la justicia por la supuesta denuncia.
Me despedí de mi primo, y el dueño me pago lo estipulado.
Emprendí el camino hacia mi casa andando como siempre y tarde más de un día en llegar, pero para mí no fue ningún problema por estar acostumbrado a realizar largos recorridos a pie.
Cuando divisé mi casa empecé a temblar y no por temor a mí madre, mi temor estaba en la supuesta denuncia aun sabiendo que era inocente.
Todo quedó solventado cuando mi madre dijo que no tenía nada que temer, que habían detenido al verdadero ladrón.
Sobre aquella situación me gustaría comentar, que como humano que soy sé perdonar, pero no aprendí a olvidar, pues pienso que la falta de perdón es como si tomáramos un veneno a diario, que al final nos acaba matando, perdonar no significa que estemos de acuerdo con el mal que nos han infringido o que lo aprobemos, pues sincerándome conmigo mismo sé que también he cometido errores, y pienso que algunas veces, a quien tendríamos que perdonarnos es a nosotros mismos, por las cosas que hicimos mal.
Después de dejar a mí primo y no teniendo nada que temer por estar resuelto el caso del reloj, estuve dos meses en casa con mi madre, mi tío Bernardo y Otilia.


Mi madre con mis primas, Mria,Isabel y Otilia.

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