Capítulo VII.
El encuentro con mis hermanas

Llegó el primer domingo de mi internado en el reformatorio, y nos formaron en dos filas al estilo militar para llevarnos la Iglesia a oír Misa.
Durante el trayecto fuimos cantando canciones religiosas, una de las que más recuerdo decía así: Soy un niño del albergue, del albergue la misión, porque fue donde encontré mi eterna salvación. Bendito, bendito, bendito sea Dios, los Ángeles cantan y alaban al Señor.
Entremos a la Iglesia para asistir a la Santa Misa, y nos situaron en un extremo de la misma.
Mi alegría no tenía limite cuando entre un grupo de niñas vi a mis tres hermanas uniformadas con el cabello extremadamente corto, según las normas del
albergue por higiene, y para evitar los molestos piojos.
Intuitivamente abandoné mi grupo llorando y me dirigí hacia ellas para abrazarlas, pero el celador se interpuso en mi camino para evitar nuestro encuentro.
Me cogió de un brazo y medio arrastras me sacó de la Iglesia para azotar mi trasero y espalda, con la porra que utilizaba para castigar a los niños. Según el celador había cometido un pecado mortal al originar semejante escándalo en la Iglesia, pecado que tendría que purificar con la penitencia de privación de comida, y confesar al sacerdote cuando hiciera la primera comunión. Después de recibir los azotes tuve que pedir perdón, con la promesa de guardar compostura y respeto en Misa.
Volvimos a entrar en la Iglesia para terminar de oír Misa, pero la Misa que oí fue con lágrimas en los ojos, cuando vi que a unos metros de distancia también lloraban mis hermanas.
Al salir de la Iglesia y aunque no estaba autorizado, en un descuido del celador mientras hablaba con una de las monjas, mis hermanas se dirigieron a mí para darme un beso y apaciguar mi llanto.
Desde la distancia me queda el convencimiento de que aquel encuentro no duro más de tres minutos, pero suficiente para que me entregaran el chocolate que dejaron de comer para que comiera su hermano.
Me prometieron que todos los domingos lo guardarían para dármelo cuando saliéramos de Misa, y lo cumplieron, pues cada domingo al salir de la Iglesia aprovechaban cualquier descuido de nuestros cuidadores para entregármelo, que, aunque sabía a tierra, a mí me sabia a gloria.
Desde la actualidad en mis años vividos, mi mente no para de procesar aquellos recuerdos lejanos en el tiempo y me pregunto a mí mismo.
¿Cómo niñas tan pequeñas, con el hambre que pasaban, se privaban de comer para que lo hiciera su hermano?
¡Lo cierto es que visto desde la distancia es difícil de entender!



 
 

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