Capitulo XXI.
El tío Pedro, Año 1949


Mi ética y mis valores me impiden dejar constancia en mis memorias de los apellidos de uno de los amos que trabajé pastando su rebaño, permítanme mis lectores que solo diga su nombre entre comillas y omita los apellidos “tío Pedro” En mis años vividos nunca pude olvidar la escasez de manutención recibida por su parte.
Una vez más el destino se interpuso en mi camino para separarme de mi madre, uno de aquellos días que regresaba a casa de la pequeña finca que heredamos de mi abuelo vi en la puerta una mula, (medio de trasporte para desplazarse la gente en la comarca). El corazón se me aceleró y pensé que el dueño de aquel animal posiblemente venía en mi busca.
No me equivoqué, apenas había puesto los pies dentro de casa cuando mi madre me dijo, José Antonio prepara el hatillo que este Señor viene a por ti para que pastes su rebaño de ovejas.
Mi malestar delataba mi desagrado por aquella visita inesperada, pero se anteponía la voluntad de mi madre, de momento iría a trabajar y después que decidiera el destino.
Al no disponer de otra alternativa acepte sin más preámbulos.
No obstante, aquel hombre se dio cuenta de mi malestar e intervino para decir, que trabajando con él estaría muy bien, que en su finca abundaban las higueras y comería todos los higos que me apetecieran.
El pacto de mis honorarios fue de trabajo por la comida y treinta pesetas mensuales.
Nos pusimos en marcha hacia su casa. Él, montado en la mula y yo para no perder la costumbre andando. No obstante, a mitad del camino se percató de mi cansancio y creyendo que me hacía un favor dijo:
Zagal, cógete a la cola de la mula para que el camino no se haga pesado.
Además del frio intenso que hacía llegamos a media noche, supongo que tardamos unas dos horas en el trayecto.
La primera impresión que tuve sobre aquella familia no fue de mi agrado, poco me equivoqué, la cena fue más bien escasa y no quedé satisfecho. En cuanto a mi dormitorio como casi siempre fue el pajar, (lugar donde se almacena la paja para las caballerías). Me dieron dos mantas viejas de las que se utilizaban para aparejar las burras ¡y apáñate! Así, que una la extendí sobre la paja para que hiciera de colchón, y la otra para taparme. El inconveniente de aquellas mantas era el mal olor que desprendían al estar impregnadas de las rozaduras de las caballerías.
No puedo dejar de comentar en mi Autobiografía la discriminación que ejercían a los que teníamos que trabajar para sobrevivir de jornaleros, muleros o pastores en aquella comarca, aunque también es verdad que no se puede generalizar y había quienes les daban un buen trato.
En aquel tiempo tenía doce años, y me obligaban a levantarme al amanecer para ablandar esparto con una maza. El esparto es una planta, de cuyas hojas se hacen sogas y otras aplicaciones, pero antes hay que ablandarlo a golpes de maza para manipularlo, un trabajo inadecuado para un niño como era mi caso.
Poco después de la salida del sol comíamos las migas, que por cierto eran bien escasas, y a continuación llevaba el rebaño a pastar al campo, como no regresaba hasta bien entrada la tarde me daban la merienda para que la llevara.
La merienda se componía de dos puñados de higos secos y nada más. Si tenía la suerte que me los daba un hijo de los dueños de la finca, los podía comer sin problema, al contrario, si me los entregaba la madre eran de los que asignaban para engordar los cerdos, es decir, los maduros que caían al suelo y se recogían para secar.
El inconveniente para consumirlos era que se habían incrustado piedrecillas y era difícil comerlos, de todas formas, como pasaba hambre por ser las migas escasas, no tardaba en comerlos, aunque tragara alguna piedrecilla. A la hora de merendar no tenía nada para llevar a la boca por haberlos comido antes, por lo que hasta la cena que también sabía a poco había que aguantar.
En la temporada de verano no tenía problemas para alimentarme, al abundar las higueras en la finca los higos frescos estaban siempre a mi alcance.
Del frío tampoco conseguía librarme, mi vestuario se componía de unos pantalones remendados, camisa y jersey, de calzado utilizaba albarcas, (actualmente zapatillas) fabricadas con los restos de neumáticos de camiones cuando se cambian por el desgaste.
Aquel calzado en invierno era frío, y mucho más al no disponer de calcetines como era mi caso, estas carencias de abrigo daban lugar a que surgieran sabañones en los pies.
Mis orejas tampoco se libraban al no disponer de una triste bufanda para resguardarme del frio. Entre el frio, el hambre que sufría y mi desamparo, lloraba mi desgracia y deseaba no haber nacido.
Finalmente, se me ocurrió una idea, si los cabritillos estaban gordos con solo mamar de su madre ¿por qué no hacer yo lo mismo?
A partir de aquel momento introducía la teta de la cabra en mi boca y succionaba la leche para alimentarme igual que lo hacían los cabritillos y solucione en parte mi necesidad de comida.
Tampoco puedo olvidar el miedo que pasaba en la temporada de verano al tener que dormir todas las noches en el campo con el rebaño, ya que las ovejas no se encerraban en los corrales para aprovechar al máximo la luz solar y que no dejaran de pastar. Por lo tanto, apenas amanecía se dispersaban en busca de la ansiada comida.
Harto de tanto sufrimiento me propuse no aguantar más el trato que me daba y le dije que me quería despedir del trabajo, pero lo impidió mintiendo que la casa de mi madre se había caído por exceso de nieve en el tejado y mi madre se había marchado a Valencia a ver a mi hermana M.ª Dolores: con aquella noticia logro que disintiera de mi propósito, ya que lo decía tan en serio que llegue a creérmelo, pues se daba la circunstancia que aquel año había nevado mucho y mi casa era vieja. El viaje de mi madre a Valencia también podía ser posible que hubiera ido a ver a mi hermana, motivo por el que decidí que tendría que seguir pastando su rebaño, al menos hasta que regresara mi madre.
Pasado un corto periodo de tiempo calcule el regreso de mi madre, y uno de los días que saque el rebaño a pastar abandone las ovejas para emprender el camino hacia mi casa. Ni siquiera espere para cobrar el mísero salario que me pagaba, pero lo peor de mi proceder vino cuando llegue a casa, abandonar el rebaño a su libre albedrío no se podía hacer, por lo tanto, la reprimenda de mi madre y el tío Bernardo fue tremenda. Menos mal que como siempre salió en mi defensa mi prima Otilia consiguiendo que mi madre se suavizara al enterarse del trato recibido.
No recuerdo bien el tiempo que estuvo mi hermana Mª Dolores en el sanatorio de Valencia, pero si qué recuerdo que cuando le dieron el alta fue a vivir con mi madre para reponerse, una vez que recupero fuerza, se puso a trabajar cerca de Isabel y Rosa en Vélez-Rubio.
Por mi parte, seguí pastoreando rebaños de ovejas, único trabajo que podía realizar a mi corta edad, unas veces con unos y otras con otros, porque como se suele decir tenía el culo de mal asiento y no aguantaba mucho tiempo con el mismo amo.

Mi madre, el tio Bernardo y mi prima Maria. 

 

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