Capitulo VIII.
Cai gravemente enfermo.


Aún con la ayuda de mis hermanas seguía pasando hambre, entre las carencias alimenticias, la tristeza y la falta de higiene, caí gravemente enfermo y casi pierdo la vida.
Mi problema residía en que no terminaba de comer los escasos alimentos que servían en el albergue. Igualmente, hacía lo propio con el chocolate que me daban mis hermanas, hasta que dejé de comer por completo, la ración que me pertenecía la daba a los compañeros que me acosaban, se agravaba más mi situación al ser uno de los niños más pequeño del internado.
Me encontraba tan delgado y desnutrido, que era el pasatiempo de los niños que me acosaban para reírse de mí desgracia.
Solitaria…Solitaria…Solitaria…decían en voz alta
Entre el chantaje de mis compañeros, mi timidez y el temor a los celadores dejé de ingerir alimentos y pasó lo que era de esperar, uno de los días que nos encontrábamos en el recreo perdí el equilibrio y caí desplomado al suelo.
Recobrada la conciencia me di cuenta que me encontraba en una cama, pero nunca supe el tiempo que estuve inconsciente, si fueron días, o quizás meses, solo recuerdo que oía murmullos de personas, y una vez que abrí los ojos, de ver una monja sentada en una silla al lado de mi cama.
También recuerdo que me obligaban a beber un vaso de agua con un contenido amargo, y que me resistía a tragar algo tan desagradable, pero nunca supe de lo que se trataba.
Poco a poco fui recuperándome, y al cabo de un tiempo que no recuerdo me dieron el alta para incorporarme con los demás niños.
Cuando puse los pies en el suelo e intenté dar los primeros pasos, se me doblaron las piernas y creí que había perdido la facultad de andar.
Tiempo después me enteré que durante todo el tiempo que estuve enfermo me cuidó el celador Valentín, posiblemente fue quien me salvó la vida.
A pesar de mi gravedad no permitieron la visita de mis hermanas.
Los días se sucedían en el albergue con pocas novedades.
Algunos domingos nos visitaban seminaristas que estudiaban para curas, nos agrupaban en pequeños grupos para darnos clases de religión verbalmente, ya que ninguno de los internados sabíamos leer y escribir.
Los seminaristas eran generosos con nosotros, casi siempre nos traían zanahorias que cortaban en pequeñas rodajas, para repartirlas entre todos, aunque con tantos niños para repartir tocábamos a poco…. pero aquel poco sabia a gloria por el hambre que sufríamos, por lo que todos deseábamos que llegara el siguiente domingo para que volvieran de nuevo.
Nuestro interés en que vinieran no era por las clases de religión, sino por el cariño que nos manifestaban, y por los escasos alimentos que repartían para que engañáramos un poco a nuestros estómagos.
Una mañana que nos encontrábamos jugando en el recreo, el celador Ramón decidió gastarnos una broma de mal gusto.
Muy alterado nos mandó que nos pusiéramos de rodillas, para rezar un Rosario al espíritu de un vigilante que había muerto meses atrás y se había aparecido
Temblorosos y algunos de nosotros llorando obedecimos, pero lo más difícil para nosotros fue cuando llegó la hora de dormir, ya que la supuesta aparición había ocurrido en el dormitorio.



 

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