Capitulo VI.
Las normas del Reformatorio.

En 1945 de mi internado el local del Albergue/reformatorio de San Francisco Javier era todavía provisional, y el espacio disponible era insuficiente para los niños internados, con un comedor de 150m², cuyo único mobiliario se componía de bancos de madera para sentarse, y a falta de mesas las suplían los bancos, pues comíamos de rodillas con los platos posados en ambos bancos, después de comer los volvíamos a utilizar para sentarnos.
En una de las paredes del comedor había un grifo para beber agua, y ese es el único mobiliario que recuerdo.
El espacio del dormitorio calculo que era de unos 200m², y sobre las paredes se alineaban las camas empotradas. De día permanecían colgadas sobre la pared para ocupar mínimo espacio, y de noche para dormir las dejaban caer sobre el suelo.
Los aseos ocupaban aproximadamente unos 60m² y en las paredes se asentaban las duchas y letrinas.
Las condiciones de limpieza eran caóticas, y daban lugar a que los gérmenes nocivos para la salud se sintieran a sus anchas.
La falta de higiene y escasez de alimentos, era la causa de que una gran mayoría de niños estuviéramos afectados por raquitismo y otras muchas enfermedades, como sarampión, tiña y sarna.
Para curarnos la sarna nos impregnaban todo el cuerpo con azufre, para la tiña nos colocaban una cataplasma en la cabeza de patatas trituradas previamente cocidas. Ignoro si aquella cura era eficaz, pero en aquel momento era lo único disponible para curar o paliar el malestar, ya que en el Albergue provisional carecían de una protección sanitaria adecuada.
Si la enfermedad era grave, lo más probable era que el niño falleciera por falta de medios sanitarios, pero de darse el caso otro ocupaba su lugar, ya que en aquella época abundaban por las calles de Valencia niños sin hogar por la pérdida de sus padres en la guerra civil española.
La disciplina en el albergue era acérrima. A las veintiuna horas nos mandaban a dormir, hasta las siete de la mañana que nos despertaba el celador de guardia a toque de silbato.
Si el celador de guardia era Don Ramón, los niños lo pasábamos mal, sobre todo los que solían orinarse en la cama, y aceleraban más la incontinencia cuando veían al celador golpearse la palma de la mano izquierda con la porra al mismo tiempo que vociferaba en voz alta. “¿Quién es el guarro que se ha orinado? Ya tengo el primero para que pruebe la porra esta mañana”, después de haberle azotado continuaba a la caza.
Los demás que se vallan preparando…
Al contrario, si estaba de guardia el Celador Valentín, nadie tenía que temer a sabiendas de que su arma de castigo era el Don de la palabra.
Después de levantarnos nos formaban en fila de dos, para llevarnos a los aseos a ducharnos con agua fría y sin jabón.
Una vez aseados nos pasaban al comedor para desayunar una rebanada de pan, y un cuadrado de chocolate de algarroba. La algarroba es un fruto en forma de vaina que tiene una pulpa gomosa de sabor agradable, y la da un árbol de unos 15m de altura de la familia de las fabáceas, también se emplea para alimentar a las caballerías, pero en aquellos años de escasez de alimentos que sufríamos en España, igualmente se utilizaba para hacer un sustituto del chocolate.
Después de almorzar y si hacía mucho frio, permanecíamos casi todo el día en el comedor sentados en los bancos de madera, apretados los unos contra los otros para entrar en calor.
Si el día era bueno nos sacaban al patio.
La comida la servían sobre las trece horas, el menú se componía de un plato de caldo con alguna patata, y el pan descrito en el desayuno. En todas las comidas había que rezar antes de empezar a comer y después de terminar para dar gracias a Dios.
Por la tarde a las diecisiete horas rezábamos el Santo Rosario, y a las diecinueve servían la cena similar a la comida del mediodía. Y esta era nuestra vida rutinaria en el reformatorio.
Nunca en mi vida he pasado tanta hambre como llegue a pasar en el internado. Comíamos las cascaras de cacahuetes y las cortezas de naranja, si conseguíamos una de plátano era un extra. Era tan grande el hambre, que aún recuerdo a un niño que le pusieron de apodo el duende, por levantarse cuando dormíamos para roer los botones del vestuario que llevábamos, que en aquel tiempo eran de madera. Para evitar encontrar la ropa sin botones la guardábamos debajo del colchón o de la almohada.
La escolaridad en el reformatorio provisional era inexistente, lo único que nos enseñaban era a rezar constantemente.
Recuerdo que llevábamos colgado en el cuello un cordón con una medalla de la milagrosa, y un escapulario de tela con la imagen de la Virgen del Carmen.
El celador Ramón insistía mucho a los niños que lleváramos siempre puesto el escapulario, que en el supuesto caso de que alguno de nosotros falleciéramos en pecado mortal nos libraríamos de ir al infierno y pagaríamos la pena en el purgatorio. Una vez cumplida la Virgen del Carmen nos llevaría al cielo.
Sus enseñanzas nos tenían traumatizados. Desde mis años vividos me pregunto una y otra vez, cómo un hombre tan religioso como el celador Ramón podía ser tan cruel traumatizando a los niños.


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