Capitulo III.
El regreso de mi madre y la muerte de mi padre. 1940
 
Aunque solo tenía tres años de edad, todavía recuerdo la inesperada visita de una mujer vestida de negro que se dirigió a mí para darme un beso, pero me evadí para refugiarme en las faldas de mi abuela, ya que la separación de varios meses siendo tan pequeño dio lugar a que creyera que mi abuela era mi madre.
Al poco de regresar mi madre de acompañar a mi padre en el hospital vino al mundo mi hermano Domingo, poco después recibimos un telegrama que notificaba su fallecimiento.
Nunca supimos donde fue enterrado, pero suponemos que fue en una fosa común. Sabe Dios dónde ¡Porque nunca tuvimos la oportunidad de llevarle un ramo de flores!
A pesar de nuestro drama nuestras lágrimas no quedaron estériles, sirvieron para reforzar nuestra esperanza y no hundirnos en la desesperación.
Aprendimos que las penas pasan, y que siempre hay un nuevo día donde el sol vuelve a brillar, pero a pesar de todo hay momentos que todo nos va mal, que nuestras vidas se hunden en un abismo tan profundo que no vemos ni un pequeño resquicio para salir adelante.
En estos momentos de desesperación, lo mejor que podemos hacer es dejar que surja nuestro coraje y lo bueno que llevamos dentro para no decaer y seguir adelante, pues bien vale la pena volver a sonreír ante los que siguen con nosotros y nos aman.
Ante la negativa de mi abuelo a vender una parte de su tierra para pagar las deudas contraídas, mi madre malvendió una parte de su herencia, quedando en la más completa ruina y sin recursos para dar de comer a sus hijos, agravándose más su situación al tener que dejar la tierra que en vida de mi padre tenía arrendada.
Nuestro único recurso para sobrevivir fue ir a vivir a la casa heredada del abuelo y sembrar algunos cereales en la tierra que nos dejó en herencia, más algunos jornales que hacia mi madre en otras fincas de vecinos
Mis dos hermanas mayores tuvieron que trabajar para los vecinos por la comida.
Mi hermano y yo nos libremos, a nuestra corta edad era imposible trabajar. No obstante, más adelante también paste un rebaño de ovejas para sobrevivir, ya que en aquel tiempo de carencias alimenticias mi madre se vio impotente para alimentar a sus cinco hijos.
Nuestra situación económica se fue agravando hasta llegar a un límite insostenible para nosotros, y en mayor medida para mi madre que padecía el sufrimiento psicológico de una madre que le piden pan sus hijos y no se lo puede dar.
Me quedan recuerdos de cuando mi madre trabajaba en aquellas fincas, ya que a la hora de comer aprovechaba cualquier descuido de los dueños para ocultar algún trozo de pan en la ropa de trabajo, pues bien sabía que al regresar a casa encontraría a sus hijos hambrientos.
Desde nuestros años vividos nos contaba de un día que se encontraba desesperada por no tener nada para darnos de comer, al llegar la noche nos dejó durmiendo y salió de casa sin un rumbo determinado, al pasar por un colmenar le dio una patada a una de las colmenas para llevar a casa algunos panales de miel, desde luego con algunas abejas enganchadas que le asestaron varios aguijonazos. Su suerte fue que las abejas estaban adormecidas por el frío al ser la estación de invierno.
Otro día de desesperación y temiendo que pudiéramos morir de hambre esperó que llegara la noche para atrapar a un cordero de un corral y dar de comer a sus hijos. Como este caso podría seguir contando otros tantos y creo que no acabaría.
Fue pasando el tiempo hasta que cumplí seis años de edad y llegó la ocasión de empezar a pastar el rebaño de ovejas de Francisca García. Ésta fue mi primera vez y por desgracia no sería la única.
Mi madre contra su voluntad tuvo que buscarme trabajo. Mi salario, trabajo por la comida ¡Pero qué comida! No me agrada recordar mi sufrimiento cuando por falta de recursos corría descalzo tras las ovejas, un trabajo inadecuado a mí corta edad.
Casi no recuerdo el tiempo que estuve pastando el rebaño de Francisca, pero daba igual. De irme con mi madre, me buscaba otro para que no muriera de hambre.
Mis hermanas continuaron trabajando en lo que podían realizar a su edad, aunque algunas veces estaban más en casa que trabajando, todos deseábamos estar con mi madre y esperábamos un momento propicio para dejar el puesto de trabajo.
Con mucho esfuerzo por parte de mi madre, al final consiguió que mejoraran un poco nuestros recursos, pero esta mejoría no duró mucho, nuestra situación iba a cambiar y no para bien, pues iba a suponer el principio del mayor sufrimiento para todos, y en mayor medida para mí que era muy pequeño para afrontar las desgracias que me caerían encima.
 
 

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