Capítulo XLII.
Jorge no logro superar la depresión.

El problema surgió cuando mi hijo Jorge empezó a sufrir una aguda depresión que no exteriorizaba, sin embargo, a pesar de que se encontraba enfermo nunca nos faltó su bonita sonrisa.
Para paliar la ansiedad el psiquiatra le recetó Trankimazin, que nunca dejó de tomar al hacerse adicto y necesitar aumentar la dosis cada día más.
Este tratamiento médico fue muy negativo para él, su empeoramiento fue progresando hasta el extremo de llegar al desinterés por todo lo cotidiano.
Finalmente, cuando conoció el amor de su vida creímos ver el resurgir de su esperanza, y aunque no llego a conseguir dejar del todo el tratamiento indicado por el psiquiatra, sí que volvió a sonreírle a la vida.
Nuestra tranquilidad era más que evidente, aquella chica le sacó del desinterés por la vida y le hizo entender que bien merece la pena vivir, amar y ser amado.
Por nuestra parte la recibimos en casa como si fuera una hija más. De he-cho, vimos en ella una buena persona y nos conquistó a toda la familia, pero como dice un dicho las cosas no siempre son como a cada uno le gustaría que fueran.
Iba todo viento en popa como se suele decir en la marina, cuando después de tres años de noviazgo dieron por finalizada la relación.
Atrás quedaron sus ilusiones, sus esperanzas y sus pasiones, y lo más grave, que a consecuencia de su fracaso amoroso perdió hasta las ganas de vivir, pues en los primeros días de ruptura se negó a comer y no probó alimento alguno a excepción de agua y café con leche. En lo que respecta a nosotros no le veíamos salida a su problema, y la dosis de medicación para la depresión iba en aumento.
Los días los pasaba entre la cama y la televisión y si salía los fines de semana era para desmadrarse bebiendo alcohol.
Uno de los fines de semana recibimos una llamada del hospital de Huesca para comunicarnos, que nuestro hijo se encontraba ingresado por intento de suicidio al injerir una caja entera de pastillas mezcladas con alcohol, en aquella ocasión logro salvar la vida.
En una de las visitas al hospital nos llevemos su ropa para lavarla, y al mirar los bolsillos para introducirla en la lavadora vimos una nota que nos comunicaba que había tomado la determinación de quitarse la vida porque sin su pareja no tenía sentido para él. De aquel escrito saqué la conclusión de que amaba apasionadamente a su novia.
El escrito terminaba así.
Os quiero y espero que sepáis perdonarme…
Yo nunca comenté a mi hijo nada sobre el escrito tan amargo que descubrimos, pero sí que le dije:
Jorge, si crees que significamos algo en tu vida y por el amor que te tenemos líbranos de este sufrimiento. Hemos perdido a tu hermana y no te queremos perder a ti, creo que no lo soportaríamos.
Ante mí suplica contestó:
No te preocupes que no me quitaré la vida papá.
Pero la depresión avanzaba cada día que pasaba más, y aunque no exteriorizaba el sufrimiento, nosotros como padres percibíamos su tristeza, pero a pesar de todo a nosotros nunca nos dejó de sonreír.
Nuestra tristeza iba en aumento, pues mi hijo casi no vivía en este mundo, si salía a la calle nuestro sufrimiento no tenía límite, cómo dormir después de la experiencia que habíamos vivido, nada era de extrañar que llamaran del Hospital para avisarnos de que estaba ingresado.
Uno de los fines de semana de madrugada que mi hijo había salido pulsó al timbre un policía municipal. Nos avisó de que intentaba suicidarse y que a pesar de intentar convencerlo para que desistiera lo habían perdido y no conseguían encontrarlo.
Muy nervioso me levanté y empecé a buscarlo por el pueblo, pero al no encontrarlo desistí y regrese a casa casi convencido de que estaría ingresado de nuevo en el Hospital.
Esta vez me equivoqué. Encontraron a mi hijo muerto en la vía del tren. Al final había conseguido lo que en principio se propuso y puso fin a su vida dejándonos en la más completa desolación.
El día 26 de marzo del 2002, le dimos sepultura en el Cementerio de Monzón.
De nuevo estoy sin palabras para definir el dolor por la pérdida de otro hijo, pues cuando me encuentro con amigos hablo con ellos e incluso sonrío, haciendo ver que vivo el momento, pero mi mente está ausente de ese momento, está en el recuerdo de esos hijos que se fueron para siempre, y mientras me quede un hilo de vida los tendré presentes en mis recuerdos, en mis sueños, y en mis sentimientos.





 


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