Capítulo XXXVII.
Mi lucha por sacar a mi hija de la droga.


Aconteció que Jesús María, así se llamaba el esposo de mi hija, se presentó en mi domicilio para decirme que mi hija se inyectaba heroína y que la había secuestrado un narco con el niño.
No encuentro las palabras correctas para describir lo que llegamos a sufrir por aquella fatal noticia, denunciamos los hechos a la policía y fuimos informados de la gravedad en que se encontraba mi hija y el niño.
Según nos informó la policía, Jesús María estaba enganchado a las drogas antes de conocer a Paquita, y que posiblemente era el causante de su adicción.
Como carecían del dinero suficiente para satisfacer su adicción, mi hija determino irse con el narco para asegurar su dosis diaria.
Pasamos unos días horrorosos al no saber dónde estaba ni como se encontraba.
Con Paquita sufrimos un verdadero calvario durante varios años.
Ante mi sospecha de que Jesús María no decía toda la verdad y que sabía su paradero, le pedí de favor que dijera a mi hija que nos llamara al menos para saber cómo se encontraba.
A los tres días de su desaparición sobre las veinte horas timbro el teléfono, por fin logremos escuchar su ansiada voz. Se encontraba en un pueblo que se llama María, Comarca de los Vélez (Almería). Después de hablar con ella intuí que mi hija se podía encontrar en peligro, por lo que de mutuo acuerdo con mi esposa tomemos la determinación de realizar un viaje de urgencia para rescatarla de las garras de aquel sinvergüenza.
Para lograr realizar aquel largo viaje tuvimos que dejar algunos de nuestros hijos con mi vecina Fabiana que se ofreció para ayudar.
Aquel viaje suponía para nosotros un gran riesgo al no saber lo que íbamos a encontrar, pero algo en mi interior me decía que estaba haciendo lo correcto. ¡Yo no podía dejar a mi hija en manos de aquel malnacido! Ignoré las consecuencias adversas y me propuse sacar a Paquita de la maldita droga que odio desde lo más profundo de mi corazón.
A las veintiuna horas subimos al coche para viajar hasta María (Almería) y nos llevemos con nosotros a mis hijos Jorge y Alejandro.
Este precipitado viaje no tenía otro objetivo que llegar al pueblo donde se encontraba antes de que amaneciera, ya que dijo por teléfono que a la mañana siguiente se iban a Granada.
Pisé a fondo el acelerador y pare solo una vez para repostar gasolina y tomar un café, la distancia a recorrer eran setecientos kilómetros y teníamos que llegar antes de que levantaran el vuelo hacia Granada.
A las ocho de la mañana estábamos en la localidad de María, primero tuve la precaución de informarme de la matrícula y marca del coche de aquel indeseable, Renault 5 blanco matrícula de Barcelona.
María es un pequeño pueblo y tardé poco en encontrar el coche en el aparcamiento de un hostal, entramos y nos dirigimos a una señora que vimos en la barra, le preguntamos discretamente si se alojaban en el hostal un matrimonio con un niño pequeño.
La señora, que resultó ser una de las dueñas de aquel hostal nos respondió afirmativamente, nervioso y alterado le pregunté si se había informado de la identidad de la persona que había alojado en su hostal. Le hice saber que era un narcotraficante muy peligroso que se había llevado a mi hija engañada, que había venido desde Barcelona a por ella y que estaba dispuesto a enfrentarme al narco, no obstante, también pensaba avisar a la Guardia Civil para que lo detuviera.
Ante mi nerviosismo la dueña trató de que me calmara por todos los medios. Nos invitó a tomar un café y hablar tranquilamente del tema para intentar solucionarlo de la mejor forma posible.
Según aquella mujer debía de evitar un escándalo en su negocio por depender de su clientela y lo que pretendía hacer al tratarse de un pueblo pequeño sería muy negativo para ella.
Me propuso que avisaría a mi hija que sus padres habían venido de Barcelona a por ella para ayudarla.
Por mi parte un poco más tranquilizado decidí esperar que avisara a mi hija.
Pensé que si estaba dispuesta a venirse con nosotros para rehacer su vida evitaríamos males mayores, al fin o al cabo, lo único que me interesaba en aquel momento era recuperar a mi hija y al niño.
Poco después la vi bajar por unas escaleras portando unos bolsos de viaje y el niño en brazos.
Nos besó con un simple hola sonriendo como si no pasara nada y dijo, vamos a casa…
 

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