Capítulo XLI.
Ingresada en un centro de desintoxicación

La convivencia con Paquita se hacía cada día más difícil para la familia. Habían transcurrido casi catorce años en nuestra lucha para sacarla de aquel mundo putrefacto, y casi habíamos perdido la esperanza de liberarla, pero a pesar del fracaso no nos dimos por vencidos, pues, aunque éramos conscientes de que era irrecuperable seguimos adelante en nuestra lucha.
Finalmente creímos ver un rayo de luz en la oscuridad al pedirnos ayuda para ingresar en un centro de desintoxicación en Zaragoza.
La decisión de Paquita nos animó a todos y pensamos que, si conseguíamos sacarla del mundo oscuro que vivía, los años que le quedaran de vida los podría vivir junto a sus hijos y familia.
Los fines de semana nos desplazábamos con el coche a Zaragoza (140 km) para verla, y al mismo tiempo le dejábamos a sus hijos en el centro durante siete horas para que los disfrutara como madre, mientras llegaba la hora de recoger a los niños paseábamos por la ciudad sin tener muy claro hacia dónde dirigir nuestros pasos, y durante los años que estuvo en aquel centro continuemos con la misma marcha todas las semanas.
Al cabo de un tiempo según normativas del centro le concedieron permiso para que pudiera salir a la calle los fines de semana, pero la calle fue su perdición al no poder superar aquella prueba de fuego.
Ganó la partida su adicción y nos arrastró a todos hacia la locura.
Hartos y apenados por tanto sufrimiento estuvimos un tiempo sin saber qué hacer ni qué camino seguir.
Uno de aquellos días de incertidumbre recibimos una carta de un centro de enfermos terminales comunicándonos que se encontraba muy enferma y nos pedía de urgencia que fuéramos a verla.
Nos recibió una monja y nos acompañó hasta la habitación que se encontraba Paquita.
Su deterioro era tan grande que a primera vista no la reconocimos y llegamos a dudar si era nuestra hija.
Finalmente reaccionemos y la besamos llorando desconsoladamente. Paquita y la monja trataron de apaciguar nuestro llanto, pero nuestra pena era tan grande que no lo lograron.
La monja se dio cuenta de que mi pañuelo estaba empapado de lágrimas y me dio otro de repuesto.
Mi hija dirigiéndose a nosotros dijo:
Sabía que al final vendríais, tardasteis un poco pero no importa, lo importante es que estáis conmigo, ahora os esperare en otro sitio, espero que tardéis mucho tiempo.
Sus palabras me hicieron entender de que era consciente de que se estaba muriendo y lo asimilaba con resignación.
En aquel momento me surgió la duda si podíamos haber hecho algo más por ella, y me sentí un poco culpable a pesar del sufrimiento que nos había dado.
Soy consciente de que he tenido errores en mi vida, pero también he tenido un borrador para corregirlos y aprender de ellos, de que la parte más importante es la que llevamos dentro para dejar nuestra huella en los que queremos y nos quieren.
Fue interrumpido mi pensamiento por la monja cuando invitó a mi hija para que intentara dar un paseo con nuestra ayuda por el patio del centro, ya que por ella misma era incapaz de andar, después de la primera vuelta desistimos por carecer de fuerza para continuar.
La dejamos en aquel centro y tuvimos que regresar a Monzón para atender a nuestros hijos y nietos que quedaron solos.
Poco después recibimos una llamada de aquel centro que se estaba muriendo.
De nuevo nos trasladamos a Zaragoza lo más rápido posible y la vimos postrada en una cama en una lenta agonía.
Amigos lectores, no puedo expresar con palabras la tristeza que invadió mi corazón cuando vi el sufrimiento tan grande de mi hija para morir, y aun fue a más cuando dirigiendo su mirada casi apagada a su madre le dijo.
Mama, sácame los pendientes y se los das a mi hija para que tenga un recuerdo de su madre.
Estas fueron las últimas palabras que escuché de mi querida hija. ¡Jamás las podremos olvidar!
Desde la distancia me dirijo a quien maneje los hilos de nuestra existencia. Mi hija no merecía tanto sufrimiento para morir, ya había sufrido bastante en su corta y precaria vida.
El día diez de julio del año mil novecientos noventa y cinco a los treinta y un años de edad acabo su sufrimiento para siempre en este mundo, le dimos sepultura en el cm de Torrero de Zaragoza y con ella se fue una parte de nuestras vidas.
TUS PADRES, HIJOS, HERMANOS, SOBRINOS, AMIGOS Y EN GENERAL TODOS LOS QUE TE QUEREMOS NUNCA TE OLVIDAREMOS PAQUITA DE MI VIDA.
Con la muerte de nuestra hija quedamos todos traumatizados, y aunque se suele decir que el tiempo lo cura todo no estoy de acuerdo con este dicho, es cierto que con el transcurrir de los años terminamos asimilando que la persona que amamos se fue para no volver más, y que aunque físicamente no esté entre nosotros, nuestro amor perdurara para siempre, pero a pesar del dolor por su partida tenemos que seguir adelante, por los que quedan y por nosotros mismos, pues bien merece la pena seguir luchando para no defraudar a los que siguen con nosotros, si tenemos en cuenta que la vida es como un soplo en el viento, una intención de nuestro ser profundo que actúa y nos da la fuerza necesaria para seguir viviendo, es algo que nuestros sentidos no perciben, pero que está en nosotros mismos y nos da la fuerza para levantarnos cada vez que caemos, algo invisible que nutre nuestros sentimientos y nuestra forma de ser, y aunque el camino a seguir no sea fácil, tendremos que apoyarnos los unos en los otros para poder seguir adelante y no perder la confianza en nosotros mismos, aceptando lo que no podemos cambiar, pero lo que podemos cambiar, hay que intentarlo antes de que sea demasiado tarde, y en caso de equivocarnos sería bueno reconocer nuestros propios errores.
Fueron pasando años y mi nieto Israel llegó a su mayoría de edad. Según manifestó quería ser más libre y más independiente.
Yo pienso que en mi casa todos somos libres, pero con unas normas de tolerancia y respeto de convivencia.
Tanto mi esposa como yo, tenemos la conciencia muy tranquila en lo que respecta a nuestros nietos Israel y Tamara, ya que cuando estaban en desamparo los acogimos en casa sacando espacio de donde no lo había, los eduquemos al compás de nuestros hijos, los alimentamos y cuando estaban enfermos los llevemos al médico. Y lo más importante, les dimos amor como padres. Qué más podíamos hacer…
En cuanto a Jorge, Alex y Raquel continuaron trabajando en lo que podían y según sus posibilidades, Tamara y Noel en el colegio.



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