Capítulo XV.
La cartilla de racionamiento

La cartilla de racionamiento la estableció el gobierno de Franco en la posguerra en todo el territorio nacional para que los españoles no murieran de hambre, para distribuir el racionamiento asignaban una cartilla a cada familia y la tienda para retirar lo que le pertenecía. La cantidad de alimentos a distribuir estaba relacionada con el número de miembros que componía la familia, y por cada artículo que le pertenecían se quedaban con un cupón de la cartilla, pero había que pagar lo que retiraban, de no disponer de dinero, de nada servían los cupones.
Algunos domingos una mayoría de los que vivíamos en las chabolas solíamos asistir a misa en la Iglesia más cercana.
Una parte de los asistentes no asistían por fervor religioso, sino, por la esperanza de ser los afortunados del sorteo de los panes que el párroco sorteaba a los feligreses una vez finalizada la Misa.
Con su proceder casi conseguía llenar la Iglesia, ya que estábamos esperanzados de ser los afortunados para llevar a casa el pan nuestro de cada día que pedíamos en las oraciones que nos enseñaron en el reformatorio.
En más de una ocasión fuimos favorecidos con la suerte y llevemos a casa ese pan tan abundante en la actualidad y tan escaso en aquella época de la posguerra.
Mis hermanas mayores siguieron trabajando de empleadas de hogar para mal comer y no perecer de hambre, pues con el dinero que ganaban pocos milagros podían hacer, escasamente les llegaba para vestir. En cuanto a mí, creo que de haber seguido en Valencia más tiempo habría terminado siendo un delincuente por no controlar nadie mis andadas. Mi vida rutinaria era salir de casa por la mañana y no regresar hasta la noche, dedicándome a buscar chatarra, papeles, metal y cobre qué luego vendía para pagar el cine y algún capricho de niño. Igualmente me dedicaba a buscar colillas, que en aquellos años era una forma más de buscarse la vida.
Para recogerlas del suelo usaba un palo con una punta clavada en un extremo, y colilla que veía la pinchaba para introducirla en el saco, después las deshacía y extraía el escaso tabaco que quedaba. Cuando disponía de cierta cantidad lo vendía en un mercadillo que organizaban los colilleros para la venta.
Deberíamos de tener en cuenta que algunos fumadores no disponían de dinero para comprar tabaco y recurrían al de colillas mucho más barato, yo me aprovechaba de la situación y sacaba unas pesetillas. Con lo que lograba, más algo más que sisaba a mi madre y la chatarra no me faltaba dinero para ir al cine y ver películas de pistoleros... ¡Mis favoritas!
Mi vida era casi un riesgo continuo, tuve suerte de no sufrir algún accidente, pues para desplazarme por Valencia y no pagar pasaje viajaba sentado en el parachoques del tranvía Nº 7 que tenía el trayecto de Ruzafa a Mislata.
Un poco antes de llegar a la parada bajaba del tranvía en marcha y no me libraba de dar con la barriga en el suelo alguna vez que otra.
También tenía especial precaución con la policía que llamaban los de la capa azul, pues estos detenían a los niños que deambulaban por las calles en horas lectivas, si no podían justificar que tenían una familia los internaban en el reformatorio. Por lo tanto, cuando los veía huía de ellos como alma que llevaba el diablo.
Mi abuela materna durante el tiempo que estuvimos en valencia no dejó de escribirnos y pedía a mi madre que regresara, ella era muy mayor y le faltaban fuerzas para cuidar a mi hermano, y aunque mi madre deseaba volver carecía de dinero para pagar los pasajes. Recuerdo que valía cincuenta pesetas por persona y con lo que lograba mi madre no le llegaba ni para comer, así que tuvimos que seguir en Valencia más tiempo.


Tranvia. Nº 7 Ruzafa. Mislata, Valencia. años 40.
 

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