Capitulo XII.
La brisa de la libertad. Año 1947


Han tenido que pasar muchos años para conseguir los documentos que acreditan mi internado en un reformatorio en San Francisco Javier… pero en aquel momento de mi desamparo ignoraba que mi liberación estaba cerca. 17 de octubre del año 1947.
Uno de aquellos días que nos encontrábamos almorzando, el celador Valentín pronunció mi nombre insistentemente para que le siguiera, preocupado por su insistencia le seguí pensando que algo grave había sucedido para interrumpir mi comida con urgencia.
Mi sorpresa fue grande cuando me condujo ante mi madre para darme la noticia que tanto anhelaba. Después de besar a mi madre, me comunicó la finalización de mi internado en el reformatorio.
Ante aquella noticia tan importante mí corazón se desbordaba de gozo. ¡No terminaba de creer lo que me estaba diciendo! Ni siquiera podría describir mi alegría al ser consciente de que el mundo de libertad incluida mi madre me pertenecía.
El celador aconsejó a mi madre que no dejara de asistir al colegio, que tenía un coeficiente intelectual alto para estudiar. Recuerdo que sacó un pañuelo del bolsillo y discretamente se limpió una lágrima que resbalaba por su mejilla. Volvió a introducir de nuevo la mano en el bolsillo para darme una peseta diciendo que era cuanto tenía en aquel momento.
Desde la distancia me queda convencimiento que fue la mejor persona que conocí en el reformatorio, y me gustaría pensar que gracias a él sigo aquí para escribir mis memorias.
Nos despedimos del celador Valentín dándole las gracias y nos dirigimos al departamento donde residían las niñas para recoger a mis hermanas. Al verme libre de los muros que me separaron en mi niñez del amor de mi madre, mi corazón latía de gozo como nunca.
 
ATRÁS DEJÉ EL INTERNADO Y UNA PARTE DE MI VIDA, AL FINAL PUDE CAMINAR SIN LOS MUROS QUE LO IMPEDÍAN.
 
HERMANOS:
Isabel Sánchez. 15 años
Dolores Sánchez. 13 años
Rosa Sánchez. 10 años
José Antonio Sánchez. 08 años.


Durante el trayecto mi madre nos fue mentalizando que tendríamos que afrontar muchos sacrificios para sobrevivir, nos hizo saber que teníamos que compartir la vivienda con dos mujeres que tenían tres niñas, y que viviríamos muy prietos por falta de espacio.
Aunque solo era un niño me di cuenta que el paisaje que se ofrecía a mí vista era degradante. La casa era una chabola mal construida con latones de cartón de piedra en el rio Turia. Pero no estaba sola, había muchas en ambas márgenes del río.
El hedor se percibía por doquier y junto a las aguas pestilentes se veían niños jugando semidesnudos. Las personas que habitaban aquellas chabolas vestían andrajosamente y en sus caras se percibía el hambre y la falta de higiene.
También vivía gente debajo del puente de Campanár, pero a pesar de todo, lo preferí antes que la cárcel que dejé atrás.
Al llegar a casa vi a dos mujeres que nos esperaban en la puerta y mi impresión fue que no les hizo gracia nuestra llegada, y en parte tenía razón, pues la casa apenas media 40m² y tendríamos que vivir en ella tres mujeres y siete niños.
A la dueña de la chabola le llamaban Elena, era viuda y tenía dos hijas, Elena y Mariana. La otra mujer era su hermana, y se le conocía con el sobrenombre de la Superiora, También era viuda y tenía una niña llamada Presentación. Allí vivimos todos hacinados durante algún tiempo, pues por la presión que ejercía Elena a mi madre del escaso espacio de la vivienda, se vio obligada a buscar trabajo a mis dos hermanas mayores.
El trabajo que ejercían a su corta edad era de empleadas de hogar.
En aquel tiempo, las mujeres sin medios económicos para poder sobrevivir sobre todo las más jóvenes, se veían forzadas a trabajar de empleadas de hogar sufriendo frecuentes humillaciones por parte de sus señoras. Con salarios de miseria que no llegaban para vestir.
Las obligaban a comer en la cocina no fuera que las señoras se contagiaran de su humildad.
Tampoco podía faltar el uniforme para que sus amistades supieran que eran las criadas.
A pesar de la discriminación que ejercían hacia las humildes criadas no faltaban a misa los Domingos, pues ante todo cumplían con sus deberes religiosos para confesar al cura sus malas acciones y reservar un lugar en el Reino de los Cielos. Ejercían él a Dios rogando y con el mazo dando.
Aunque ya no vivían con nosotros dos de mis hermanas seguíamos siendo muchos para el espacio que tenía la vivienda, por la noche dormían los niños y durante el día las mujeres, pues el trabajo que realizaban era de supervivencia y lo ejercían de noche. A falta de trabajo y empujadas por la falta de recursos económicos, sustraían frutas y hortalizas en los huertos para que sus hijos no murieran de hambre.
 

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