Capitulo XXII.
Mi obsesion  por las armas de fuego.

A otro que le paste el rebaño de ovejas fue a Vicente el molinero, no estaba muy lejos de la casa de mi madre, calculo unos cinco km. El salario pactado por mis servicios, manutención y cincuenta pesetas mensuales.
Además de pastar el rebaño, el tiempo que tenía libre cuando las ovejas dormían en los corrales era ablandar esparto como en lo del tío Pedro, trabajo agotador e inadecuado para un niño.
Sinceramente creo que las cincuenta pesetas que me pagaba las tenía bien merecidas, y para no perder la costumbre seguí durmiendo en el pajar, pero al menos no pasaba tanta hambre como en el trabajo anterior.
Una tarde que me encontraba pastando el rebaño vi a un pastor colindante de aquella finca que portaba un viejo revólver. ¡Dada mi afición a las películas de vaqueros cuando vivía en Valencia, pensé en hacerme con aquella arma, por fin podría satisfacer mi capricho!
Entablé conversación con él sin disponer de dinero y le propuse que me lo vendiera. En principio no demostró interés alguno en deshacerse del arma, pero insistí tanto que al final terminó cediendo.
Lo que no estaba al alcance de mis posibilidades eran las cincuenta pesetas que pedía, ya que al ser menor de edad era mi madre la que cobraba mi salario, aunque dada mi afición a las armas no me habría importado pagarlas. Tendría que poner en práctica otros métodos a sabiendas de que mi madre no consentiría aquel capricho absurdo, usaría la picaresca y la astucia que me enseño la vida para conseguir lo que me propuse.
Aquel pastor, como otros de aquel entorno, era aficionado a cazar perdices con reclamo, para llevarlo a cabo se trasladaba al campo antes de que amaneciera. El método consistía en camuflarse en el campo detrás de un parapeto con la escopeta preparada y la perdiz dentro de la jaula a unos cuantos metros de distancia, en esta posición esperaba pacientemente hasta que acudían las perdices por el reclamo de celo de la enjaulada para aparearse, lo que no sabían era que el apareamiento que con tanto anhelo buscaban para reproducirse les supondría su muerte, aunque siempre había algunas que levantaban el vuelo a tiempo.
Así que determine proponer un cambio, el revólver por una perdiz de reclamo. Mi oferta era muy tentadora, ya que en aquella época los cazadores pagaban mucho dinero por la perdiz si era buena para el reclamo. Me preguntó si era buena cantando y por supuesto que le dije que sí. Lo cierto era que ni siquiera sabía si cantaba, lo importante para mí era conseguir el revólver, aunque no estuviera dentro de mis posibilidades. Finalmente aceptó con la condición de que si le había mentido tendríamos que deshacer el cambio.
Lo malo de aquel embrollo era que no tenía ninguna perdiz, le estaba vendiendo la que tenía un hijo de mi tío Bernardo. Una vez que aceptó el trato le propuse que cuidara de los dos rebaños mientras que me desplazaba a la casa a por el pájaro. Aceptó y así lo hicimos.
Llegué a casa y no tuve gran dificultad para llevarme la perdiz, ya que mi madre y el tío Bernardo estaban trabajando en el campo y la jaula estaba colgada en el exterior de la casa. La descolgué de la pared e introduje la perdiz dentro del morral que utilizaba para llevarme la merienda. Después dejé la jaula en el suelo con la portezuela abierta para simular su huida. Seguidamente volví a toda prisa donde se encontraba el pastor cuidando los dos rebaños,
hicimos el cambio y por una vez en mi vida me sentí satisfecho de haber conseguido lo que me ilusionaba en aquel momento, tener un revólver para disparar como los pistoleros de las películas del oeste. Aunque no disponía de munición, me lo ingeniaba para disparar introduciendo la pólvora directamente por el cañón, y la presionaba con una varilla de hierro añadiendo pequeños tacos de cartón y escoria de hierro, de cebo usaba la cabeza de un fosforo.
Como Vicente era cazador y tenía cartuchos en abundancia, le sustraía algunos y vaciaba la pólvora para emplearla. Cuando sacaba el rebaño a pastar mi pasatiempo era pegar tiros a todo lo que se movía, suerte tuve que el amo nunca descubriera el revólver, porque no quiero ni pensar el castigo que me habría venido encima.
A la semana siguiente el pastor me comunicó que teníamos que deshacer el cambio, porque la perdiz no cantaba. Me quedé sin revólver, pero vendí la perdiz en diez pesetas. Al llegar el día de fiesta que tenía asignado para ir a mi casa a cambiarme de ropa pude enterarme por mi madre, que mi tío Bernardo y mi tío Mariano habían discutido y poco faltó para que llegaran a agredirse, ya que, al ver la sustracción de la perdiz no dudó en echar la culpa a los hijos de Mariano, que por cierto en aquella comarca tenían muy mala fama. Pero como dice el refrán “unos tienen la fama y otros cardan la lana” en este caso mi tío se equivocaba.
 

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