Capitulo X. Año 1946
Cambio de departamento.


El albergue nuevo era más grande que el anterior, con un comedor que disponía de mesas y sillas, por fin podríamos comer sentados como personas y no de rodillas como en el anterior.
Los aseos eran más espaciosos con algunas mejoras, aunque tuvimos que seguir duchándonos sin jabón y con agua fría.
El dormitorio ocupaba aproximadamente un espacio de unos  300m², y las camas se alineaban en varias filas con mejores colchones y sabanas.

Lo más positivo para todos, que nos escolarizaron y nos dieron la oportunidad de aprender a leer y a escribir.
El aula era amplia con mesas y pupitres, con suficiente espacio para que nos dieran las clases sin problemas.
En la mampara superior del aula había una puerta grande, que daba acceso a un Altar con un niño Jesús con los brazos abiertos, por lo tanto, se podía oír misa sin necesidad de desplazarse a la Iglesia. Pienso que la Capilla en el nuevo albergue la implantaron para evitar que se fugaran los niños, como ocurría anteriormente durante el trayecto que realizábamos para asistir a misa, ya que algunos de los niños en la primera ocasión que se les presentaba huían como alma que lleva el diablo. Este problema ya no se volvería a repetir, pues con solo abrir la puerta descrita, toda la clase se trasformaba en una Iglesia, para oír misa sin necesidad de desplazarse a la que íbamos antes. Que hubiera una capilla para oír misa fue muy negativo para mí, al privarme de la única oportunidad que tenía para ver a mis hermanas, aunque fuera a distancia sin posibilidad de abrazarlas.
La tristeza invadía mi corazón y lloraba en silencio mi desgracia a sabiendas que la distancia que nos separaba era solo de unos 300m.
Reitero una vez más al lector que los niños internados estaban separados por sexos en diferentes departamentos, para evitar que se vieran, aunque fueran hermanos, nuestro propio caso.
Otra de las mejoras a destacar fueron las vacunas contra las enfermedades que nos invadían en el Albergue provisional, y que describí en el capítulo Nº VI.
Las visitas a los niños que tenían familia cada quince días, fue una de las mejoras más importante para mí, la oportunidad de ver a mi madre dependiendo del comportamiento en el centro, el tiempo se me hacía eterno y contaba las horas y los días que faltaban para la visita.
Los niños que habían sido castigados, irremediablemente tenían que cumplir el castigo, por más que insistieran los padres los celadores no cedían, por consiguiente, algunas de las madres se iban llorando sin ver a sus hijos. Aunque el paquete lo aceptaban para entregarlo al niño castigado.
De cada paquete requisaban una parte para entregarlo a los niños que no tenían familia. Mi madre era una de las que traían los paquetes más grandes, pues sin desprestigiar a ninguna madre para sus hijos era única, y si no estábamos a su lado era por falta de recursos.
En todas las visitas pedía a mi madre que hiciera lo posible para liberarme del reformatorio, ella me contestaba llorando que la falta de recursos se lo impedía, y yo no veía el día de mi libertad.
También ignoraba de los recursos que disponía para traerme aquellos enormes paquetes y nunca se lo pregunté. Lo importante para mí era lo que me traía para reforzar mi alimentación en el internado.
No todos tenían la suerte de tener una familia. Un 25% eran niños de la calle sin nadie que le trajera algún mendrugo de pan para llevar a la boca.
La disciplina seguía siendo igual de estricta, y por poco motivo nos castigaban sin visita, así que intentábamos comportarnos lo mejor posible.
Otro castigo habitual era la privación de comer y lo aplicaban con crueldad. Situaban al niño en posición de rodillas con los brazos en cruz para que viera a sus compañeros comer, pero al castigo que más temor nos producía era la celda de reflexión.
Afortunadamente no llegué a sufrir aquel horror, pero fui testigo de las caras de angustia de los que no tuvieron tanta suerte.
Si alguno de los niños cometía una falta grave y los celadores no sabían con certeza el que había sido, nos formaban en posición de firmes en el patio, a continuación, pedían que diera un paso al frente el culpable con la promesa que no le pasaría nada. Si nadie se daba por aludido aplicaban la ley de pagar justos por pecadores. La agresión consistía en pegar a cada niño una bofetada en ambos lados de la cara, pero una bofetada bien pegada, tanto, como para perder el sentido de la orientación, por lo tanto, cuando algunos sentían llorar a los que habían sufrido la agresión se llegaban a orinar encima, y puedo hablar con razón de causa por haber sufrido la misma agresión que a continuación relato.
Aconteció, que uno de los chicos llamado Seguido padecía ataques epilépticos. Una noche cuando pernoctábamos le dio uno tan fuerte que empezó a gritar descontroladamente, a consecuencia de los gritos nos asustemos todos, y abandonemos el dormitorio sin que pudiera frenar nuestra huida el celador de guardia.
Las consecuencias las sufrimos al día siguiente cuando nos aplicaron el castigo descrito anteriormente.
Otra mejora a tener en cuenta fue el aumento en plantilla de dos celadores.


Complejo de departamentos del Orfanato y Reformatorio de san Francisco Javier. Campnar, Valencia, año 1945.
 

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