Capitulo XVIII.
Diego el guardia.

Después de regresar de Valencia a nuestra tierra de origen, me convencí a mí mismo que tendría que vivir separado de mi madre, y que no la podría disfrutar como los demás niños.
Una vez más se interponía el destino en mi vida para separarme de lo que más amaba en el mundo, ni siquiera tuve la oportunidad de acompañarla hasta la casa del abuelo paterno en el Bancalejo.
En aquel momento que relato tenía doce años recién cumplidos, cuando un vecino de Santopetar se enteró de nuestro regreso, como le hacía falta un pastor para pastar su rebaño de ovejas no reparó en que le prestara el servicio un niño. Aquel hombre era conocido con el sobrenombre de Diego el guardia y cerró el trato con mi madre a pesar de mis lloros y protestas, la situación por falta de recursos no estaba para desaprovechar aquel trabajo caído del cielo. El sueldo pactado fue trabajo por la comida y veinte pesetas mensuales.
Mi madre y hermanas, no tuvieron otra alternativa que ir a vivir con los abuelos hasta conseguir un techo donde cobijarse.
Algunos días después de iniciar la convivencia surgió el malestar entre ambos, mi abuelo poco solidario con su nuera y nietas les dio un mes de plazo para buscar vivienda.
Finalmente decidieron que lo mejor para todos era ir a vivir a la casa que heredamos en vida de mi padre, y que gracias a lo escriturado por mi abuelo no se vendió en su día cuando nos traslademos a Valencia.
El problema residía, en que la casa no reunía las condiciones de habitabilidad, ya que durante nuestra ausencia mi tío Mariano hermano de mi padre la había utilizado como corral para encerrar su rebaño de ovejas. La limpiaron y la adecentaron un poco y se instalaron donde habían dormido las ovejas unos cuantos años, como dice el dicho más vale algo que nada.
Para sobrevivir trabajaron con algunos vecinos realizando labores del campo y sembrando algunos cereales en la parcela heredada del abuelo.
En mi estancia con Diego tengo que comentar que el trato hacia mi persona fue más bien familiar, incluso me llegaron a comprar una cartilla para seguir leyendo y evitar que se me olvidara lo que aprendí en el reformatorio. Sin embargo, la alimentación dejaba mucho que desear, pues la situación económica de aquella familia no era lo suficiente buena, por lo tanto, seguí pasando hambre, aunque mucho menos que en Valencia.
Mi hermano Domingo continuó con mi tío José Antonio durante unos cuantos años, pero no para favorecer a mi madre, sino todo lo contrario, para que le trabajara la tierra a pesar de su corta edad, pues en aquel momento tenía poco más de nueve años. Mi tío tenía dos niñas y le hacía falta un varón para realizar los trabajos duros del campo.
Durante varios años mi hermano fue el que le sacó las castañas del fuego como se suele decir, todo por un plato de comida y poco más.
Mi hermana Mª Dolores, continúo trabajando en Valencia de empleada de hogar en la casa de la madre de un cura, pero con tan mala fortuna que enfermo de tuberculosis.
Aquella gente sin escrúpulos trató de quitarse el problema de encima alegando que antes de contratarla estaba enferma, y carentes de conciencia se propusieron a toda costa despedirla.
Gracias a la intervención de una monja de la caridad, mi hermana no fue abandonada a su suerte con aquella terrible enfermedad. La buena mujer puso los medios a su alcance para ingresarla en un sanatorio en Portaceli (Valencia)
Enferma y en la más completa soledad el único apoyo familiar que recibió fueron aquellas ansiadas cartas que le escribía mi madre de tarde en tarde y que ella esperaba con ilusión e impaciencia.
Con fortaleza y voluntad por su parte logro vencer aquella terrible enfermedad que tanto abundaba en aquella época en España.
Desde este capítulo de mis memorias quiero rendirle un homenaje póstumo y decirle que la amo, que seguirá viviendo para siempre en mi corazón, en mi alma y en mis sentimientos, porque el amor es inmortal y jamás podrá morir.
 
 

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