Capitulo IV.
Nuestro traslado a Valencia año1945.
 
Aquel cambio tan dramático fue causado por un estafador que logró convencer a mi madre para vivir juntos en Valencia.
Aquel malnacido se aprovechó de la ignorancia de una mujer viuda con cinco niños, para lograr que vendiera lo que había conseguido con esfuerzo de su trabajo. Su versión, que en Valencia tenía una casa de su propiedad y recursos suficientes para vivir todos holgadamente.
Creyendo ver una puerta abierta con su promesa a sus problemas no dudo en hacerle caso, de nada valieron los consejos de la familia y vecinos, malvendió los animales, enseres y utensilios, que no podía llevar.
La casa y parcela de tierra no se vendió al ser mi abuelo usufructuario, mal menor.
Nos preparamos para el viaje. Mi abuela materna aconsejo a mi madre que dejara a mi hermano Domingo con ella para evitar aquel largo viaje siendo tan pequeño, al mismo tiempo le haría compañía para no sentirse tan sola.
Desde la distancia de mis años vividos creo que se hizo lo correcto, un niño con cinco años no habría superado el terrible sufrimiento que nos esperaba en Valencia.
Mi tío Mariano hermano de mi padre se ofreció sin interés por su parte, para llevar los equipajes cargados en burras desde Santopetar a Huércal-Overa, localidad más cercana con estación de ferrocarril en aquella época.
Subimos al tren hacia una tierra extraña para nosotros.
Todavia recuerdo a mi hermana Isabel llorando durante el viaje, posiblemente que con quince años intuía el dolor de aquel desastre.
Al despedirse mi tío de nosotros tuvo la gentileza de regalar a mi hermana diez pesetas, que en aquella época tenían cierto valor, pero ante el temor de que las extraviara mi madre decidió que se las entregara al villano para que las guardara. No obstante, mi hermana opuso resistencia, pero ante la insistencia de mi madre termino cediendo.
Nos apeamos del tren en Valencia y nos situemos en una de las salas de espera de la estación del norte mientras que el estafador se ausento para ir al aseo.
Fue la última vez que le vimos.
No sé cómo expresar la desesperación de una madre abandonada a su suerte en un mundo que extraña y que no conoce, sin dinero y con cuatro hijos pequeños a su cargo.
A mi hermana Rosa se le rompió el calzado y tenía que andar descalza, o permanecer sentada en la sala de espera.
Viendo a mi hermana en aquella situación, no lo pensé mucho. A mi corta edad (ocho años) llené un botijo de agua para ofrecerla a los pasajeros del tren vociferando en voz alta ¡Agua!, ¡Agua!
Algunos pasajeros me daban de propina diez céntimos, otros cinco, y algunos bebían y no me daban nada. Con el dinero logrado le compremos unos zapatos.
Uno de aquellos días que repartía agua casi me atropella el tren. Tengo que dar las gracias a un señor, que de un empujón me sacó fuera de la vía evitando una muerte segura. Aún recuerdo que me pegó unos azotes reprimiendo mi descuido.
A pesar de mi mentalidad de niño, fui consciente que acababa de salvarme la vida y no me ofendí por su proceder, todavía lo recuerdo y dejo constancia en mis memorias agradecido de que me salvara la vida.
La situación s e hacía insostenible, hasta llegar al extremo de no disponer para alimentarnos al haber consumido todo lo que mi madre se había traído del pueblo, más la mala imagen que dábamos en la estación, pues vestíamos sucios y andrajosos al llevar más de quince días sin cambiarnos ni asearnos, con el agravante de que el jefe de estación insistía constantemente que nos fuéramos a otro sitio.
Desde la distancia me vienen recuerdos que perturban mi mente y me pregunto una y mil veces: pero dónde podía ir una mujer que no conocía nada más que el campo, con cuatro niños pequeños en un mundo desconocido y hostil para ella. La verdad que no me canso de repetir lo que llegaría a sufrir mi madre. Si aquella situación se hubiera dado en nuestra actualidad no habría causado tantos problemas, ya que estas situaciones de gravedad están más controladas por las autoridades, o por asociaciones prontas que procuran solucionarlos lo mejor posible, ya que existe la protección del menor, pero en aquel tiempo de caos e incertidumbre de la posguerra española todo era caótico y no existía protección del menor, y menos para las personas adultas.
 
 

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