Capitulo XXXIII.
Amaneció un nuevo día para mí.
Ante el desastre que veían
mis ojos me quedé petrificado, finalmente reaccioné y empecé a llorar sin
atreverme a dar un paso al lugar que antes ocupaba la habitación, y que
supuestamente estaría muerta mi esposa con el hijo que llevaba dentro.
Todo esto pasaba por mi
cabeza cuando se acercó a mí una señora para decirme.
No llores más hijo, a tu
esposa la han salvado, vete al Bar Ramonet que allí la encontraras.
No existe en mi vocabulario
suficientes palabras para expresar la alegría que me causó aquella mujer, jamás
recibí una noticia que me diera tanta satisfacción.
Después de darle las gracias
me dirigí a toda prisa al lugar indicado y pude ver a mi esposa como lloraba a
medio vestir, su vestuario se componía del camisón que se ponía para dormir y
una chaqueta de hombre que alguien le había dejado.
En aquel momento amaneció un
nuevo día para mí, y fui consciente de lo que significaba mi esposa en mí vida,
me prometí a mí mismo que siempre tendría mi apoyo y mi cálida compañía, que
nunca la dejaría sola y que siempre compartiríamos juntos los momentos de
felicidad o de desolación.
Nos abrazamos llorando y me
contó que estaba viva gracias a un hombre que al oír sus gritos arriesgo su
vida para sacarla de aquel mar de lodo.
Según palabras de mi esposa
al oír los gritos de la gente despertó, y al poner los pies en el suelo para
levantarse detectó que el suelo estaba cubierto de agua. Sin llegar a vestirse
intentó abrir la puerta de la calle para huir, pero al entrar una tromba de
agua la tiro al suelo, y ante sus gritos acudió su salvador.
Abrazados y llorando nos
dirigimos a la casa de mi hermana Rosa.
Mi hermana trató de
consolarnos y nos acogió durante varios días en su casa. Al día siguiente
cuando mejoro el tiempo nos dirigimos a donde se suponía que tendría que estar
la vivienda que habitábamos para ver si encontrábamos algo de nuestras
pertenencias, nuestro asombro fue grande al comprobar que algunas de nuestras
pertenencias estaban enterradas por casi medio metro de lodo.
Imposible recuperar nada, ni
siquiera nuestra documentación. Lo perdimos todo y quedemos solo con la ropa
que llevábamos puesta.
No obstante, ante la
desgracia podíamos contar con el piso que me había concedido la empresa donde
trabajaba. Y aunque no teníamos muebles ni utensilios de cocina, ni si quiera
ropa para vestir salimos adelante, pues para paliar el desastre recibimos algunas
ayudas, que aun siendo insuficientes nos sacaron de muchos apuros.
Para la ropa y la comida nos
ayudó la antigua Sección Femenina de Falange. También hubo ayudas nacionales e
internacionales que fueron distribuidas entre los afectados según las pérdidas
sufridas. Además, la empresa que prestaba mis servicios también nos ayudó con
una pequeña aportación, y a su manera puso su granito de arena para que
saliéramos adelante.
Compramos unos muebles a
plazos y empezamos una nueva vida en nuestra flamante vivienda mientras
esperábamos con ilusión el nacimiento de nuestro bebe.
En aquel tiempo todos mis
hermanos vivían en Cataluña, teníamos buenas relaciones y nos visitábamos a
menudo.
Mi hermano Domingo después
de sufrir tanto en su niñez también le deparó suerte la vida al casarse con una
buena mujer. En cuanto a mi madre, continúo por mucho tiempo en Almería
realizando viajes esporádicos a Barcelona y viceversa. Ella como siempre durante
el tiempo que permanecía en el pueblo engordaba un cerdo y hacía la matanza
para llevarla a sus hijos a Barcelona. Como no me canso de repetir tratándose
de sus hijos todo era poco.
Por un largo periodo de
tiempo vivió con una de mis hermanas imposibilitada en una silla de ruedas en
estado casi terminal, con un cuerpo envejecido que no le respondía y le
obligaba a estar postrada en una cama sin moverse sin ayuda; su mente no
coordinaba y estaba impedida para mantener una conversación con sus hijos, esos
hijos por los que luchó para sacarlos adelante, en su memoria solo le quedaban
recuerdos abstractos y los nombres de sus hijos a quien llamaba
insistentemente, obviamente que solo vino al mundo para sufrir.
Desde la distancia mi mente
no para de procesar aquellos recuerdos lejanos en el tiempo de la mujer que me
dio la vida, que tanto añoré y que por las circunstancias de la guerra y
posguerra civil española no pude disfrutar. No obstante, intento hacerme el
fuerte para ignorar los recuerdos que perturban mi mente, pero de nada me sirve
reprimirlos, negarlos o afirmar que no existen. Solo puedo hacer una cosa,
observarlos sin dejarme arrastrar por ellos, ya que algo en mi interior me dice
que aleje las lágrimas que están a punto de aflorar. Aunque por más que lo
intento no logro conseguirlo y me dejo llevar por mis sentimientos.
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Portada y Congtraportada del libro Atrapado tras el muro.
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