Capitulo XXIII.
Mi primo Mariano.

Mi estancia con los que empleaban a niños para pastar sus rebaños a cambio de casi nada era relativamente corta, la mayoría de veces no aguantaba con el mismo amo más de seis meses, ya que añoraba tanto a mí madre que no tardaban en surgir las desavenencias con el amo para que me despidiera, qué de llegar a producirse el despido lo agradecía a sabiendas de que era el único camino que me llevaba a ella.
Mi rebeldía ante los que se servían de mi para sus intereses sin tener en cuenta mi infancia fue efectiva, ya que llego el día que nadie de la comarca quería disponer de mis servicios.
Hay un dicho que dice… ¡Dios aprieta, pero no ahoga! En mi caso fue acertado al solucionar en parte mi problema mi primo Mariano.
Mi primo era hijo de mi tío Bernardo pareja de mi madre, pero por desavenencias con su progenitor desapareció sin dejar rastro. No sé lo qué se puede sentir cuando un hijo es dado por muerto y después de cinco años aparece ante su padre, pero pienso que debe de ser maravilloso si de verdad lo quiere, sin embargo, a su padre apenas le causó impresión, le dio un beso de bienvenida y poco más.
Con mi primo llegue a compenetrarme bien y juntos vivimos algunas aventuras de nuestra infancia, aunque he de decir que fueron más bien desgraciadas que afortunadas, pero una de las aventuras, o mejor dicho desventuras vividas, la dejo para contarla en un capítulo aparte por la importancia que tuvo para ambos.
Consciente mi primo con la dificultad que tenía en la comarca para encontrar un trabajo por la mala fama que me daban sugirió a mi madre que  me dejara que fuera con él a Puerto Lumbreras donde él trabajaba, que posiblemente encontraría algún empleo adecuado a mi edad.
Con el permiso de mi madre y ánimos que me daba emprendimos viaje de madrugada alejándonos de la jurisdicción de Taberno, unos treinta y ocho km. En aquel momento tenía trece años y confiaba en mi buena suerte.
El transporte que utilicemos para realizar aquel largo viaje fue el que la madre naturaleza nos ha dotado a todos ¡nuestras piernas! por lo que llegamos agotados y casi de noche. Gracias a que conocían a mi primo encontré empleo de inmediato, y aunque no fue de mi agrado lo pasé mejor que con los amos anteriores, la comida era abundante y el salario mejor remunerado. Del trato tampoco me podía quejar, excepto que mi dormitorio como siempre fue el pajar.
La relación entre ambos era casi de hermanos y algunos domingos nos íbamos al cine a la localidad de Puerto Lumbreras.
Llevaba ocho meses pastando las ovejas en aquel lugar cuando decidí realizar un viaje para ver a mi madre, le consulté a mi primo si deseaba acompañarme y quedamos los dos de acuerdo, por supuesto siempre dependiendo que concediera permiso los dueños, tuvimos suerte y nos dieron una semana de permiso.
Alquilamos dos bicicletas y emprendimos viaje hacia la casa de nuestros padres.
 

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