Capitulo IX.
El encuentro con mi madre.
 
Habían transcurrido doce meses de mi internado desde la última vez que vi a mi madre en las duchas municipales sin saber nada de ella, la tristeza me invadía y mis lágrimas no cesaban por su ausencia, lo que no imaginaba, que estaba muy cerca el día que la podría ver de nuevo.
Una de aquellas tardes, el celador Ramón me llamó que le siguiera para darme una sorpresa. Un poco indeciso, no fuera que sin ser consciente hubiera cometido alguna falta grave, le seguí y grande fue mi sorpresa por lo que veían mis ojos.
Al otro extremo de una puerta de rejas que daba a la calle estaba mi madre llorando, me preguntó cómo estaba, y nos dimos un beso con dificultad por uno de los huecos de la puerta que nos separaba.
Mi madre seguía llorando, y suplico al celador que abriera la puerta para darme un abrazo, pero su negativa fue un no rotundo. Según el celador, el alojamiento que disponíamos los niños del reformatorio era provisional, y las visitas aún no estaban previstas, que, dentro de un tiempo no determinado, nos cambiarían a un alojamiento definitivo más grande, y que posiblemente permitirían las visitas a los niños que tuvieran familia si se portaban bien.
Mi madre me había traído un bocadillo de membrillo y dos naranjas que me dio con el permiso de aquel hombre, me prometió que en adelante me mandaría los alimentos que pudiera para mitigar el hambre.
Aquel inesperado encuentro con la mujer que me dio la vida, y que tanto añoraba no duro más de veinte minutos, ya que el celador dio por terminada la visita alegando que era la hora del rosario, y que los deberes religiosos estaban por encima de todo lo mundano.
Nos despedimos entre lágrimas y mucha pena.
Aquel deseado encuentro que tanto tiempo esperé, me impactó tanto que aún perdura en mi subconsciente. Y como si de una película se tratara, desde entonces sueño horribles pesadillas que perturban mi mente… pues no olvidé aquella puerta infranqueable que me impidió abrazar a mi madre.
Mi madre fue fiel cumplidora de lo que prometió, a partir de aquel momento no dejó de mandarme alimentos. Para ella significó un gran esfuerzo al hacer lo propio con mis tres hermanas, si tenemos en cuenta las dificultades de la época para conseguirlos.
Sin embargo, hasta que no se inauguró el nuevo alojamiento del Albergue el 31/07/1946 tuvieron que trascurrir unos cuantos meses para que la pudiera ver de nuevo, pero este cambio de departamento lo relatare en un próximo capítulo.
Mientras tanto, se las ingeniaba con astucia para hacerme llegar los alimentos que me prometió a través del celador Don Valentín, casi siempre me traía pan y membrillo, más asequible en aquellos años de miseria, sin faltar nunca las naranjas que tanto abundan en Valencia.
Nunca olvidare el primer bocadillo que me trajo. El celador de guardia se le ocurrió dármelo delante de mis compañeros y fue una bomba de relojería, la mecha que enciende la llama. Al intentar comerlo en un rincón del recreo, una avalancha de niños se abalanzó sobre mí quitándome lo que me había traído y llenándome de magulladuras.
A partir de aquel contratiempo siempre que le entregaba algo para mí, me lo entregaba discretamente para que lo comiera apartado de mis compañeros
Todo lo que acontecía en el reformatorio para conseguir alimentos era normal al estar todos hambrientos.
Los niños éramos conscientes, que en breve nos iban a cambiar a un nuevo alojamiento, y que en algunos aspectos nos iban a beneficiar.
Los rumores no cesaban, en el nuevo departamento nos enseñarían a leer y a escribir, y los que teníamos familia nos podrían visitar cada quince días.


Documento acreditativo.

 
 
 

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