TERCERA PARTE DE LA AUTOBIOGRAFIA. ATRAPADO TRAS EL MURO.


Capitulo XXX.
En un permiso conocí a la madre de mis hijos. 1959


Una noche vieja llegué a la casa de mi madre con un mes de permiso concedido por la marina, pero mi decepción fue grande al encontrar la puerta cerrada con el intenso frio que hacía, me dirigí a la casa de una vecina para resguardarme del intenso frio y al mismo tiempo preguntar por el paradero de mi madre.
Tuve un buen recibimiento por los vecinos y me invitaron a cenar, lo que agradecí por mi feroz apetito.
Pero lo que agradecí mucho más fue el privilegio que gozaron mis ojos al recrearse en la belleza de la hija de mi vecina, que a sus quince años logró que aumentaran las palpitaciones de mi corazón, y pensé para mí mismo, como esta chica me quiera será la madre de mis hijos.
Mi amor fue correspondido y al poco tiempo me casé con ella. Lo negativo de aquella precipitación fue que durante un tiempo tuvo que quedar en casa de sus padres mientras que yo tenía que cumplir mi compromiso con Infantería de marina.
Poco tiempo me quedaba en el cuartel de San Fernando. La terrible tuberculosis que en los años 40/60 azotaba España invadió mis pulmones y me ingresaron en un sanatorio de la marina en la Sierra de Guadarrama Los Molinos (Madrid).

Subí al tren para ingresar en dicho centro y aproveché que me tenía que apear en Madrid, para visitar a mis primas Otilia y Mária.
Pase todo el día en su compañía y me mostraron la capital de España en todo su esplendor, recuerdo que fuimos al cine y vimos una película de humor, como recuerdo nos hicimos una fotografía que todavía conservo en mi álbum. Al día siguiente me despedí de mi prima y subí al tren para ingresar en el sanatorio.

Después de una revisión exhaustiva disminuyó mi preocupación, según la medicina mi enfermedad no era grave, con reposo y unas pastillas me recuperaría en un tiempo prudenciar.
Mi estancia en el sanatorio duro trece meses y fue mi mejor periodo de tiempo vivido en Infantería de marina. El trato era correcto y se comía bien, para mí fue como si estuviera en un hotel de tres estrellas.
Uno de aquellos días recibí una carta de mi esposa que me decía que iba a ser papá, aquella noticia me hizo feliz, pero también fue causa de preocupación y tristeza por la distancia que nos separaba cuando más me necesitaba.
Según sus cálculos faltaban unos meses para que naciera nuestro hijo. Pedí permiso al director del centro y en principio se opuso alegando que mi prioridad era curarme y no irme de permiso, no obstante, al tratarse de un caso especial estudiaría mi caso y me diría algo al respecto.
A la semana siguiente me llamó a su despacho para darme la enhorabuena y comunicarme que tenía concedido un permiso para cuando naciera el niño.
Llegado el momento y con inmensa alegría prepare la maleta para subir al tren que me trasportaría al paraíso, pues el paraíso para mí era mi esposa e hijo.
Llegó el día que nació y en recuerdo a mi padre fallecido le pusimos de nombre Domingo. Por unos días me sentí feliz y contento, pero después de la alegría me invadió la tristeza, el permiso concedido se había terminado y tenía que despedirme de mi esposa e hijo.
Cumplidos los trece meses de mi estancia en el sanatorio me dieron el alta y nunca más me resentí de aquel problema. Como tenía la posibilidad de pedir destino elegí Cartagena, ciudad más cercana de la casa de los padres de mi esposa.
De regreso a Cartagena hice un poco de trampa para visitarlos, pero estuve con ellos un solo día por tener fecha y hora para presentarme en el cuartel.
Cuando solo quedaban tres meses para finalizar mi contrato con Infantería de marina predispuse mi licencia para buscar trabajo y vivienda en Cartagena.
Continuar en Infantería de marina me suponía seguir más tiempo alejado de mi esposa por tener que volver a San Fernando para realizar otro curso de especialidad, más un año de embarque.
El único trabajo que encontré fue en las famosas minas de plomo de La Unión. (Cartagena)
Recién había Alquilado una pequeña casa para traerlos cuando recibí una carta que me rompió el corazón en mil pedazos.
Mi esposa me comunicaba que nuestro hijo había fallecido.
Pedí permiso en la empresa y me desplace de inmediato para que viniera conmigo y empezar una vida nueva. Y dentro de la desgracia, por la pérdida de nuestro querido hijo ¡Qué felicidad! por fin logremos vivir juntos.
El trabajo en la mina, además de ser duro lo pagaban muy mal, con salarios de miseria que no llegaban para comer y la inevitable silicosis que a través de los años destroza los pulmones.
Vi morir a compañeros a consecuencia de la silicosis, y la verdad que me causaba mucho temor, y más cuando aquellos mineros con sus pulmones llenos de plomo me decían:
Zagal eres muy joven, no seas tonto, si no quieres verte igual que nosotros no te hagas viejo aquí.
Sus consejos surtieron efecto, y me propuse que en la primera oportunidad que se me presentara me despediría de la empresa.
A los seis meses de trabajar en la mina vino mi madre a vernos y no le gustó que trabajara en la mina, nos dijo que le gustaría que nos trasladáramos a Barcelona, que ganaría mucho más y en mejores condiciones.
Con los consejos de mi madre y ganas que tenía de dejar las minas de plomo, no lo pensé más y nos traslademos a la bella ciudad de Barcelona.
 

Comentarios

Entradas populares de este blog

ATRAPADO TRAS EL MURO.