Capítulo XXXVIII.
De regreso a Barcelona

Después de hablar con Paquita fuimos conscientes de que habíamos hecho lo correcto evitando el contacto con el narcotraficante, ya que era portador de un arma de fuego y en el estado de nervios que me encontraba las consecuencias podían haber sido nefastas para mí.
Nos despedimos de la dueña con la satisfacción de haber recuperado a mi hija y nos dirigimos a casa de mi madre en Vélez-Rubio.
Mi madre se extrañó de nuestro viaje sin previo aviso y pensó que algo grave nos había sucedido, por nuestra parte intentamos tranquilizarla y mentimos para que no sufriera por nuestros problemas, que no habíamos avisado para darle una sorpresa con nuestra visita.
Estuvimos dos días en compañía de mi madre antes de partir para Barcelona.
Nunca me gustó curiosear en el bolso de nadie, pero en aquel caso tan grave para todos no pude evitarlo, y efectivamente encontré lo que desde un principio sospeché.
Muy enojado y aprovechando que estábamos solos le dije gritando:
Mira lo que hago con esta porquería que te está matando…
Espacié la droga en el suelo y la pisé repetitivamente para que se mezclara con la tierra. Aquella noche mi hija se puso muy enferma con temblores y quejándose. Le dije de avisar al médico, pero se negó rotundamente diciendo que pronto le pasaría.
Tiempo después supe que su malestar se debió al mono que sufren los adictos a las drogas cuando le falta la dosis. Pero en aquellos años ignoraba todo lo que se relacionaba con este odioso mundo. Estuvimos unos cuantos días con mi madre y regresamos de nuevo a Barcelona.
Llegamos a casa satisfechos de haberla recuperado y empezamos una vida normal junto a nuestra hija, ya que de mutuo acuerdo con mi esposa estuvimos dispuestos a darle otra oportunidad para que cambiara de vida.
Poco duró nuestra ilusión, apenas llevaba una semana viviendo con nosotros cuando desapareció con su hijo dejándonos una nota para que no la buscáramos, que se iba con el hombre que la separe en contra de su voluntad.
Muy afectados por su decisión fuimos conscientes de que nuestro esfuerzo para apartarla de las garras de aquel indeseable no sirvió para nada.
Tristes y desolados aceptamos su decisión y fuimos conscientes de que nos encontrábamos en un callejón sin salida.
A los dos meses y medio de abandonarnos apareció de nuevo en casa con el niño diciendo que era feliz y que disponía de mucho dinero, como prueba enseñó unos cuantos billetes de dólar.
Que llevara divisa americana me extrañó, pues en aquel tiempo de la dictadura la gente no pudiente no utilizaba esta moneda. Esto me convenció más de que aquel sinvergüenza era un narcotraficante. Ante el panorama tan desagradable hice saber a mi hija que podía venir a casa con el niño cada vez que quisiera, pero que nunca se le ocurriera traer a casa aquel hombre porque no deseaba conocerlo.
Durante el tiempo que estuvo con el narco continuó visitándonos casi todas las semanas, hasta que ocurrió lo que era de esperar. Fue detenido y más tarde me enteré por mi hija que se había ahorcado en la cárcel.
Muerto el narco volvió de nuevo a reconciliarse con Jesús María, pero enganchados los dos a la droga, el futuro que les esperaba era incierto y difícil de sostener.
 
 

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