Capitulo XXXIV.
El nacimiento de nuestros hijos.1960/1988
Nos preparamos para recibir a nuestra hija y la Seguridad Social nos asignó la comadrona en Ripollet.
En aquel tiempo si la Seguridad Social determinaba que no había peligro para la gestante, él alumbramiento tenía lugar en su domicilio con asistencia de una comadrona previamente asignada. En nuestro caso los problemas nos afectaron hasta en el nacimiento de nuestra hija.
El día cuatro de noviembre a las veintidós horas mi esposa empezó a sentir los primeros síntomas de parto, con tan mala suerte que al mismo tiempo se originó una tormenta similar a la que nos dejó tan malos recuerdos, con la particularidad de que el piso estaba separado del pueblo y no disponíamos de teléfono ni coche, y se agravaba más la situación al quedar sin fluido eléctrico por causa de la tormenta y tener que alumbrarnos con velas.
Mi esposa seguía con dolores de parto y yo sin saber que determinar, finalmente decidí dejarla con mi suegra y una vecina que se ofreció para ayudar mientras iba en busca de la comadrona.
La comadrona vivía al otro lado del río a unos tres kilómetros de casa.
Cuando llegue al rio que forzosamente tenía que cruzar para avisar a la comadrona quede desorientado, el puente se lo había llevado el agua.
Ante el desastre que veían mis ojos retrocedí sin saber qué camino tomar, y dándole vueltas a la cabeza me acorde de otra comadrona que vivía en mi localidad, y que, aunque no era la que nos habían asignado, si le explicaba nuestra situación posiblemente la podría asistir.
Sin saber dónde vivía y cayéndome agua a raudales busqué la casa de la señora.
Cuando la encontré no dejé de golpear la puerta hasta que obtuve la respuesta de una señora que desde su ventana vociferaba qué si estaba loco y qué me pasaba.
Pedí disculpas por mi proceder y le rogué que ayudara a mi esposa que se encontraba de parto.
Después de escuchar mi suplica decidió acompañarme si buscaba un taxi para desplazarnos. Lo intenté, pero fue imposible con el agua que estaba cayendo, contando que los taxis que había en aquella época en la localidad eran escasos.
Finalmente, accedió y llamó a un taxi desde el teléfono de su casa y no tardó en presentarse.
Nos dirigimos a casa temiendo lo peor por la falta de asistencia cualificada aparte de la buena fe de mi suegra y vecina.
La comadrona indicó al taxista que esperara en la calle mientras la visitaba, después de reconocerla y a sabiendas que no disponíamos de agua ni luz eléctrica determino, qué para evitar males mayores la lleváramos al Hospital Clínico de Barcelona.
Pero no fue tan sencillo, aquellas calles no estaban asfaltadas y el taxi se había atascado, el taxista enfadado por el mal estado en que se encontraba la calzada, me pidió un pico y una pala para echar tierra delante de las ruedas delanteras e intentar sacar el coche de aquel barrizal.
Al carecer de estas herramientas me dirigí lo más deprisa posible a la empresa que prestaba mis servicios que se encontraba cerca de mi casa. Me dejaron todo lo necesario y finalmente logramos sacar el coche para dirigirnos al hospital.
Aparte de aquel contratiempo todo fue bien y mi hija Isabel vio la luz por primera vez el día cinco de noviembre de 1962.
Era una niña preciosa y vino para alegrarnos la vida y sacarnos de la tristeza que hasta la fecha nos había acompañado.
Pero a Isabel le hacía falta una hermanita para compartir sus juegos, escribimos de nuevo a la cigüeña y fuimos complacidos.
El doce de enero del año 1964 a las cuatro de la mañana, con tan solo una diferencia de edad de catorce meses vino Paquita, otra niña que vino para alegrarnos la vida.
Isabel era una niña preciosa, pero Paquita no se quedaba atrás, para sus padres guapísimas las dos.
Vivimos unos cuantos años de felicidad. La economía iba bien y tuve suerte de trabajar en una buena empresa, al fin la ilusión hizo acto de presencia en mi casa.
Saqué el permiso de conducir y compramos un coche y televisión ¡Un lujo en aquel tiempo! Así que visto desde la distancia de aquellos años no podemos quejarnos.
Los veranos en vacaciones cogíamos nuestro coche e íbamos a nuestra tierra “Almería”, alternando los días de disfrute entre mi suegra y mi madre. En uno de aquellos viajes se vino con nosotros mi cuñada Adelina hermana de mi esposa, tenía siete años y estuvo una temporada con nosotros. Le entro ganas de volver con su madre y aprovechó un viaje de mi hermana Rosa para regresar al lado de su mama.
Quedaba claro que nuestra familia estaba predestinada para ser numerosa, a los dos años del nacimiento de Paquita la cigüeña nos volvió a visitar y nos trajo un niño. El doce de julio del año 1966 a las siete de la mañana nació mi hijo Juan José.
Igual que Isabel y Paquita su venida al mundo fue causa de satisfacción, ya que gracias a Dios podíamos criar a nuestros hijos sin privaciones.
En mil novecientos sesenta y siete recibimos un telegrama de mi suegra que su esposo estaba grave, preparamos el viaje de mi esposa y cuando llegó ya habían enterrado a su padre.
Mi suegra quedó muy afectada, tendría que hacer frente a unos años difíciles, con una economía por los suelos y con hijos pequeños a su cargo.
Aunque hay un dicho que dice, Dios aprieta, pero no ahoga, en este caso fue acertado al conocer a José.
José vivía en Andorra, y en dicha localidad formaron pareja durante unos veinticinco años. Con José la vida de mi suegra dio un giro de 180 grados y hasta el fallecimiento de su pareja pudo vivir años de felicidad y progreso.
El día 6 de marzo de 1970 a las 22:45, la cigüeña fue de nuevo generosa con nosotros, en este caso nos dejó un niño y le pusimos de nombre Jorge.
Éramos cinco miembros de familia y pasemos a seis, igualmente seguimos viviendo con holgura, como dice el refrán, donde comen cinco comen seis…



















Josan y Francisca




En 1970 ya eramos familia numerosa.





AÑO 1975.
EN CERDANYOLA DEL VALLES, BARCELONA (ESPAÑA).
FUERON PASANDO LOS AÑOS Y PREVALECIENDO EN MIS HIJOS EL ARTE DE LA MÚSICA. Y LO EVIDENCIA ESTA MAGNIFICA FOTOGRAFÍA CONGELADA EN EL TIEMPO PARA EL RECUERDO

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