Capítulo XXXVI.
El comienzo de un nuevo calvario. 1975


A mi hija Paquita le encantaba tocar la guitarra flamenca y se lo tomó tan en serio que en poco tiempo se convirtió en una niña prodigio con la guitarra, pues con solo trece años fue nombrada guitarrista oficial de la casa de Andalucía de Mataró. (Barcelona)
Mi hija creó en la familia una gran ilusión, no porque dominara el arte de la guitarra, sino por el amor a sus padres y hermanos.
En el aspecto profesional mejoraba vertiginosamente, hasta llegar al extremo de no poder atender sus compromisos de sus actuaciones por falta de tiempo.
En sus desplazamientos para actuar casi siempre acompañaba a mi hija y me gustaría dejar constancia, que cuando sentía los aplausos de sus fans se descontrolaban las pulsaciones en mi corazón de padre.
Pero igual que creó la ilusión en la familia, también fue la causa de que entrara en casa el sufrimiento para mucho tiempo.
Como disponíamos de coche aprovechábamos los días de descanso para ir a la playa.
Un domingo de los que íbamos a la playa, mi esposa se encontraba en la cocina preparando algo de comer para llevar, cuando llamó a la puerta una vecina mayor que vivía en el segundo piso con su hijo y nuera. Con aquella señora teníamos una relación casi familiar al proceder de nuestra tierra de origen.
La mujer padecía una depresión mental y prefirió llevar a cabo en mi casa que estaba más alta que la suya lo que rondaba en su cabeza.
Le abrimos la puerta con amabilidad y la invitemos para que pasara, de inmediato preguntó a mi esposa que, si podía ver las plantas. Nada era de extrañar para nosotros que se interesara por las plantas a sabiendas que le gustaban las flores.
Abrimos la puerta del balcón y seguimos organizando el viaje.
De repente entro Paquita desde el balcón pronunciando palabras fuera de toda lógica, le preguntemos a que se debía tanto alboroto, pero era incapaz de pronunciar palabra.
Después de darle unos golpecitos en la espalda balbuceó:
La señora Isabel se ha tirado por el balcón.
Quedamos aletargados y nos miramos los unos a los otros sin poder articular palabra.
Finalmente reaccioné, salí al balcón y miré hacia abajo. La señora Isabel estaba posada sobre el suelo.
Angustiado y muy nervioso bajé las escaleras lo más rápido que me permitían mis piernas al carecer las viviendas de ascensor, cuando llegue comprobé que todavía movía los ojos.
Avisamos a una ambulancia, pero ya era demasiado tarde, estaba muerta.
¡Menudo problema que nos había traído aquella mujer eligiendo mi casa para suicidarse!
Aparte del trauma que nos ocasionó al elegir mi casa para suicidarse, tuvimos suerte de que aquella tragedia no nos perjudicara con la justicia, pues su hijo que era para nosotros como si fuera de la familia, declaro en el juzgado que posiblemente su madre tenía previsto suicidarse, al visitar el día anterior a los familiares, como si pretendiera despedirse dándoles su último adiós.
Pasó el tiempo y Paquita tenía dieciséis años cuando conoció al hombre causante de que cambiara el rumbo de su vida, y no para bien.
A sabiendas de que el novio de paquita frecuentaba el mundo de las drogas le aconseje que diera por terminada su relación de noviazgo de inmediato, pero mis consejos como se suele decir en España cayeron en saco roto.
Ante la imposibilidad de conseguir la ruptura con su novio cedi en mi oposición a su relación, incluso nos acompañaba en mi coche cada vez que la llevaba a los festivales que anteriormente describí. En una de sus actuaciones y cuando el festival había finalizado, un señor se dirigió a mí y dijo:
Haga usted el favor de ir a los aseos que su hija tiene problemas con su novio.
Me dirigí a toda prisa al servicio y vi como lloraba, mientras que su novio la insultaba con palabras obscenas que preferiría no reflejar aquí.
Al ver aquel panorama tan nefasto para mí no me pude contener y le agredí. No pude consentir que insultara y empujara a mi hija con aquellos modales obscenos.
Todo nervioso me confesó que la había dejado en estado. Era lo que menos esperaba y fue como una bomba de relojería para mí, creí volverme loco y fue cuando de verdad le agredí fuerte.
No pude controlar la adrenalina que afloraba desde hacía tiempo. Soy consciente que obré mal, pero en aquel momento no fui dueño de mis actos.
Más tarde se casaron y buscaron una vivienda en alquiler, pero con el despilfarro que llevaban no veía estabilidad en su matrimonio. En los trabajos que encontraba no solía durar mucho tiempo, y los honorarios que ganaba Paquita en sus actuaciones eran insuficientes. Intuía que más tarde o más temprano pasaría lo que era de esperar, la disolución de aquella pareja.
El día dos de agosto de mil novecientos ochenta y uno mi hija tuvo el hijo que esperaba y le pusieron de nombre Israel.
 
Paquita en un concurso de  guitarra flamenca con 12 años.



 

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